
Yo nací y me críe en una casa de locos; “Hospital psiquiátrico”, era el nombre oficial dado por las gentes, para no ofender sensibilidades.
Mis padres y amigos eran locos, y yo los amaba. Los amaba a pesar de su risa infeliz y sus llantos jocosos.
Los amaba a pesar del caos que me esperaba día a día, siempre con temor a la sorpresa desagradable que se presentaría al amanecer o con la llegada de la noche; los días no eran para nada predecibles en un hogar semejante…La locura no es predecible, tampoco lo eran los grados de desesperación en los cuales cada uno de nosotros podía descender en cualquier momento.
Yo estaba cuerdo, pero ellos no me dejaban salir de la casa; decían que nunca me acostumbraría al mundo de los cuerdos habiendo pasado toda mi vida en una casa de locos.
Y yo miraba por las noches el ígneo resplandor de las estrellas lejanas, mientras que en alguna arboleda cercan a canturreaba un arrendajo de plumaje azul.
Por las noches, el sueño me llevaba lejos, hasta el más recóndito lugar del Universo, pero al despertar mis piernas y las circunstancias me llevaban solamente hacia donde yo no quería ir…
Por locura, fantasía o ensoñación cada noche se presentaba delante de mí un sendero iluminado por las estrellas, el resplandor señalaba las huellas de un pequeño mapache, y las huellas conducían a la parte más honda, más oscura, de la arboleda en donde el arrendajo azul cantaba en cada noche.
Un día, sin estar despierto ni dormido, quedé libre.
Ante mí solamente había un camino, aquel mismo marcado por las huellas aún frescas de aquel mapache pequeño y anónimo, aquel mismo que me conducía hacia lo más profundo de la arboleda que había visto en mis sueños, fue en ese momento que el arrendajo cantó y supe exactamente hacia donde debía ir, aunque mis piernas no se hubiesen acostumbrado aún a caminar sin cadenas.
-Algún día, con ayuda de Dios-solía decirme mi madre, durante alguno de sus delirios-Atravesaremos aquel camino lejano que construimos con nuestro esfuerzo, serán los ladrillos dorados los que nos conduzcan a una mágica tierra encantada en donde haremos realidad todos nuestros deseos.
Yo recordé sus palabras esa noche.
Y recé, le recé a Dios en voz alta, mientras iba alejándome más y más de aquel terrible sitio en donde forme mi consciencia, aquel “hospital” en donde yo pasé horas y tiempos tan extraños, acaso perdidos, pero inolvidables en el pavoroso de los sentidos.
Yo seguí la luz de las estrellas, las huellas del mapache, y el canto del arrendajo.
Yo las seguí, porque de no haberlo hecho, la oscuridad de la arboleda y mi aparente locura me habrían resultado insoportables.
Y aunque el camino fuese de oro, al menos las estrellas me guiaron hasta el más mágico y peligroso de todos los lugares:
La realidad existente más allá de las paredes del manicomio en el que nací y me críe, mis piernas y mi razón están cansadas, pero sigo caminando; me gusta pensar que cada paso es una oración escuchada, un deseo que se hace realidad.

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