
Desde siempre había tratado de huir del laberinto, aunque hubiera nacido en este, y estuviese convencido de que había algo más allá de sus estrepitosos muros, adornados con toda clase de motivos mitológicos, los mismos que estaban cubiertos por numerosas lianas de las cuales brotaban bellísimas flores de todos colores conocidos.
No obstante, y a pesar de los esfuerzos realizados, el laberinto iba agrandándose más y más con cada paso que daba, porque era en realidad una criatura monstruosa, nacida de la irrealidad, y condenada a mantener prisioneros a todos sus hijos, a quienes había amado más que a nadie en este mundo.
El laberinto era una dimensión secreta, y un mundo aparte, que flotaba en el vacío, rotando siempre a través de los eones que conformaban la oscuridad infinita existente más allá de sus muros de piedra y mármol.

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