viernes 12 de agosto de 2011

Empollando


“Rezar, rezar y rezar”-pensó la monja, mientras volaba alrededor de la colina en la cual habían sido resguardados los tres huevos de oro y plata de los cuales habría de nacer la generación del mañana.
“Parece que hoy día hará buen tiempo”-pensó la monja, mientras volvía al viejo nido, decidida a empollar sus propios huevos de paja y cartón, que engendrarían a las generaciones del presente y pasado.
Esa misma noche, pasó por el cielo la carroza de los dioses de la lluvia, quienes son semejantes a cojines de seda con siete ojos en cada lado.
Esta carroza era tirada por un perro enorme negro con tres cuernos, y también por doce felinos de pelaje gris, muy parecidos a los gatos noruegos que tan moda estuvieron alguna vez, durante una remota época en esta tierra extraña en la cual vivimos.
Al oír los ladridos del gran perro negro y los maullidos de los felinos que tiraban la carroza de los dioses de la lluvia, la monja sintió un poco de temor, pero aún así continuó tejiendo el chal rojo con el cual estaba dispuesta a abrigar a los árboles en los cuales los hombre antiguos habían tallado las imágenes de los santos y reyes a los cuales veneraban.
“Estoy completamente segura de que el clima de mañana será mucho mejor”-se dijo a sí misma la monja, mientras tejía.