domingo 26 de junio de 2011

Junio del 75


En junio del 75, durante los años del Docenio Militar, mi madre estudiaba sociología en un local que quedaba en la avenida Petit Thouars.
Aquella tarde, mientras viajaba en el micro, no dejaba de consultar a cada rato su reloj, con la esperanza de poder llegar a tiempo a la clase de “Seminario de El Capital II”.
Durante esos años, ella y sus compañeros aprendían marxismo en todos sus cursos, y ella llegó a pasar sus cinco años en los cuales estudió su carrera analizando en el concepto de “clase social”.
Hoy en día ella se pregunta si acaso habrán valido todas aquellas lecciones aprendidas.
Muy pronto se hizo de noche, y mi madre llegó tarde a la Universidad, puesto que ella venía desde Miraflores de la sala de exposiciones, en donde ella trabajaba hasta las seis.
Sin embargo, sus amigas habían tomado notas de la clase, y se las alcanzaron apenas llegó, en un gesto de solidaridad.
Ella no se consideraba a sí misma como una estudiante muy popular, pero si muy respetada tanto por sus compañeros como por sus profesores, puesto que generalmente se destacaba en los debates políticos realizados en su universidad.
Por su peculiar forma de vestir, algunos chicos decían que probablemente ella era de “Vanguardia”. La verdad es que ella nunca se identificó con ninguno de los grupos estudiantiles que representaban a las aproximadamente veinte fracciones de izquierda que por entonces había, incluyendo a los llamados “luminosos”: Tal era el nombre con el cual eran conocidos burlonamente unos pocos y oscuros alumnos que se encerraban misteriosamente en un pequeño cuarto al lado de la cafetería.
El aula en donde estudiaba mi madre quedaba en el cuarto piso; mientras ella subía los escalones, pensó en que era algo realmente agobiante tener que usar tacones todo el día.
Sin embargo, una vez entró al salón de clases, ella se topó con un ambiente totalmente distinto al de otros días: Esta vez no había clases, ni tampoco profesor, los alumnos estaban tensos y alborotados…En medio de aquella confusión ella escuchó a alguien gritar lo siguiente:
-¡Los apristas quieren tomar la universidad!

Ante este último anuncio, empezó a propagarse el pánico entre los alumnos. Rápidamente, todos los chicos abandonaron el aula y se dirigieron a toda prisa hacia la azotea siguiendo a un improvisado líder.
Una vez arriba, ella vio que algunos miraban hacia los edificios contiguos, acaso pretendiendo saltar.
La idea de saltar aterró a mi madre. Ella sabía que de ningún modo podrían lograr realizar un salto tan grande, y sus compañeros también debieron sentirlo así, puesto que ninguno de ellos se atrevió a realizar aquella temeraria acción.
En vez de eso, todos bajaron por las escaleras atropelladamente, tratando de encontrar otra forma de escape.
En medio de su desesperación, mi madre alcanzó a ver a uno de sus amigos, dirigente de la Federación de estudiantes, el mismo que ese día la llevó hasta un salón en el tercer piso, mientras el caos aumentaba afuera.
Dentro del aula, ocho estudiantes se escondían detrás de unas carpetas, las mismas que habían dispuesto a modo de barricadas.
Rápidamente, el amigo de mi madre armó un refugio para ambos, y luego gritó, advirtiéndoles a todos:
-¡Ya están subiendo!
-¿Cómo lo sabes?-le preguntó ella, angustiada.
-¡Se escuchan cadenas!-respondió con fuerza el amigo de mi madre.
-¿Cadenas?-inquirió mi madre, quien ya había empezado a temer lo peor.
-¡Cadenas!...Están armados con cadenas de bicicleta…Las golpean contra las gradas mientras suben… ¿No escuchas?-contestó el amigo de mi madre, sumamente alterado.
Lo oía…Ella lo oía, pero apenas si podía creerlo. El ruido del metal que se estrellaba contra las losetas, con golpes secos, dados al unísono, era aterrador.

De pronto, unos de los estudiantes que estaba en la misma aula que mi madre y su amigo, sacó una pistola y formuló en voz alta la siguiente amenaza:
-¡Si ellos entran aquí, disparo!
El amigo de mi madre, sin dejarse sorprender, le pidió que guardara el arma. Mi madre no lo sabía entonces, pero aquel alumno era en realidad un infiltrado de seguridad del estado.
Llena de pánico, mi madre le rogó a su amigo que le ayudase a salir de esa pesadilla, y este, a su vez, le prometió que no la dejaría sola, y que la sacaría de allí en cuanto llegase el momento oportuno.
Afuera, se desataba una batalla campal entre izquierdistas y apristas.

De pronto, el mismo estudiante que había sacado la pistola trepó hacia una de las ventanas, desapareciendo de la vista de mi madre y la de su amigo, logrando escapar, a pesar de la altura.

Súbitamente, el amigo de mi madre la tomó del brazo, y ambos bajaron rápidamente hasta la puerta principal del edificio. Sin detenerse en ningún momento, ambos llegaron hasta la avenida Arequipa.
Una vez allí, el amigo de mi madre la abrazó y se despidió de ella. Luego, se dirigió de regreso hacia la Universidad…
En el paradero del micro, mi madre llegó a escuchar la sirena del carro rompe manifestaciones, lejana y amenazante.
A bordo del micro que la llevaría hasta su casa, mi madre volvió el rostro, tratando de observar el paisaje que ella acababa de abandonar. Pero esa tarde, no se podía distinguir nada más que las densas nubes que se había formado a causa de los gases lacrimógenos.