viernes 11 de diciembre de 2009

EL MITO DEL ARCOIRIS (FINAL)



El Regreso de la paz


Y es así como terminó la historia del pastor Tata Awatiri y la princesa Chirapa:
Cuando llegó el momento en el cual Simpira estaba a punto de partir de vuelta al mundo de los muertos, llevándose las almas de Mancharu y de Turuncana consigo, se le acercaron los tunchis, quienes con voz tímida y débil, preguntaron:
-¿Podemos ir con usted, rey del mundo amarillo? Nosotros no somos más que espectros, condenados a vagar por la tierra eternamente sin hallar descanso. No tenemos ningún lugar adonde ir y a ningún líder al cual obedecer…
Simpira se volvió hace el Padre Monte.
-Mapinguari… ¿Qué te parece que debo hacer? ¿Debería llevarlos conmigo? Jamás he llevado diablos al mundo amarillo… Pensaba llevarme únicamente a Turuncana porque eso es lo que el señor Ticci-Viracocha me había ordenado…Pero no me dijo nada sobre estos tunchis…
-Yo pienso que deberías llevártelos a tu mundo. En el mundo de los humanos, los diablos hacen maldades cuando están aburridos. Supongo que en el mundo de los muertos tendrán muchas cosas que hacer con su tiempo- Repuso el Padre Monte, rascándose una oreja.
Simpira preguntó entonces a los tunchis:
-¿Entienden que si me acompañan tendrán que pasar por numerosos castigos y pruebas? No me olvidado de las numerosas desgracias que causaron sus maldades, mientras ustedes eran Gigantes Huillcas…
- Estamos de acuerdo en que merecemos castigo, gran señor…Pero mucho peor que los castigos es llevar la vida que llevamos nosotros, los fantasmas: Deambular de un lado a otro, sin sentido, sin tener un hogar al que volver…Mientras éramos Huillcas, podíamos seguir a Turuncana a cualquier lugar. Ahora no nos queda nada…
-Pues entonces…Que así sea. tunchis. Me los llevaré al mundo de los muertos. Quien sabe, a lo mejor, con el tiempo, también ustedes consigan limpiar de todo mal sus almas.
-¡Se oscurecerá el sol antes de que ocurra eso!- se burló uno de los monitos.
Simpira le dirigió una mirada fulminante.
-¿Qué tal si tú nos acompañas? ¡Estoy seguro de que sería algo muy divertido!
El mono se escondió detrás de uno de sus compañeros.
-¡Perdóneme gran señor! ¡No era mi intención ofenderlo!
En aquel mismo instante, Simpira, acompañado por su séquito y los tunchis, partió hacia el mundo de los muertos, llevando consigo las almas malévolas de Mancharu y Turuncana.
-¡Ya tendrás tiempo suficiente para disculparte cuando nos volvamos a encontrar, mono burlón!- alcanzó a decir Simpira en el mismo momento en que desapareció.
El monito no se reía ahora, sino que estaba paralizado de terror.
-Estoy perdido…Cuando muera, Simpira castigará mi alma…Será muy duro conmigo…
-Tal vez sí…Tal vez no- refunfuñó Mapinguari- Simpira es un dios impredecible…Nunca se sabe lo que pasa por su cabeza. En fin, supongo, supongo que tendré que llevarlos conmigo, hasta el momento en el que encuentre un nuevo hogar para ustedes.
-Si, por favor- dijeron los animales que habían sido expulsados del bosque mientras este estuvo hechizado, y que ahora habían recuperado su hogar. – Si ellos se quedaran aquí, no pasaría mucho tiempo antes de que el señor Simpira tuviese que volver por ellos. Estos monos nos han hecho mucho daño.
-No sólo a ustedes, sino también al resto del mundo- dijo Mapinguari- Pero si Ticci-Viracocha los ha perdonado, supongo que yo también seré capaz de hacerlo.
El búho que lideraba a los animales del bosque se acercó a Mapinguari y a Tata Awatiri, y les entregó cada uno una fruta, de apariencia extraña y que además parecía irradiar una especie de calor interno, como si tuviese vida propia.
- Es nuestro regalo, en agradecimiento por toda la ayuda que nos han brindado…Tal vez no es mucho en comparación con sus hazañas, pero es todo lo que podemos darles. Son los frutos del Wanamei, el árbol de la vida. Pertenecían a Mancharu, pero este los despreció cuando su corazón fue corrompido por la maldad y el odio. No deben comerlos, sino tenerlos consigo, puesto que son frutos mágicos, otorgadas por el Creador, las cuales les bendecirán, otorgándoles buena fortuna y prosperidad. Fue su bendición la que permitió que salvemos nuestra vida en el momento en el cual este bosque fue hechizado por los Huillcas, y fue también su magia la que salvó la vida de Tata Awatiri, evitando que muriera envenenado…
- Si es tan importante, no podemos aceptarlos…No queremos que este bosque quede desprotegido…-dijo Tata Awatiri.
-No se preocupen.- dijo el búho- Ahora nuestro bosque ha quedado bendecido por la aparición del gran Creador. Tenemos fe en que Él nos protege de cualquier mal. Es nuestro deseo que ustedes lleven este regalo.

Los animales insistieron tanto, que a Mapinguari y a Tata Awatiri no les quedó más que aceptar el regalo, el cual llevaron consigo en su viaje hacia Chhanka, en donde la princesa Chirapa se reencontró con sus padres.
Al verla a la distancia, la reina pensó que se trataba de una ilusión, causada por su tristeza. Pero luego comprobó, al tenerla ya cerca de sí, que aquello no se trataba de ninguna ilusión o espejismo, sino que Tata Awatiri y mapinguari habían cumplido su promesa de traer de vuelta a la princesa Chirapa.
-¡Hija!- gritó la reina, loca de contento, mientras corría a recibir a la princesa, quien a su vez corrió a darle un fuerte abrazo a su madre.
-Esto ha sido un milagro… Los dioses nos han ayudado, trayendo de vuelta a mi hija…- dijo el cacique Quiché, quien a pesar de encontrarse débil y enfermo, se levantó de su lecho y echó el rostro en tierra, dando alabanzas y agradecimientos a los dioses del Cielo y la tierra. Su conducta fue imitada por los demás habitantes de Chhanka.
-Ha sido el Gran Creador, Ticci-Viracocha, el que nos ha ayudado a traer vuelta a su hija, cacique- dijo Mapinguari. – Y también hay que dar gracias a Tata Awatiri, porque él jamás perdió la fe en que la encontraríamos.
-Bendito seas, joven…-dijo el viejo cacique- Tú y tus amigos se merecen el Cielo, por todo el bien que han hecho a esta ciudad.
Y mientras abrazaba a su hija, hizo el siguiente anuncio:
-Yo ya estoy muy viejo…Mi muerte ya está próxima, hija mía. Pero no te entristezcas, porque muero feliz, ahora que tú has vuelto a nuestra ciudad. Y además, junto a ti está este valiente joven, amigo de los animales y bendecido por los dioses, para cuidar de ti. Perdona si en algún tiempo me interpuse entre los dos.
-Ya no tiene importancia, padre…- dijo la princesa Chirapa, mientras unas brillantes lágrimas caían por sus mejillas-Todo está bien ahora.
-¡Sí tiene importancia hija mía! ¡Mucha importancia! Uno no puede descansar en paz, si es que primero no arregla todo el mal que ha hecho en su vida. Acércate, joven, y acérquense ciudadanos de Chhanka…Desde hoy, yo proclamo a Tata Awatiri como el nuevo soberano de estas tierras…El haber traído a mi hija sana y salva prueba que él es digno de gobernar Chhanka.
Tata Awatiri…Yo quiero además que tú seas el hombre con el cual mi hija pase el resto de su vida. Yo los bendigo a los dos, para que contraigan matrimonio y sean felices.
Al oír esto, la princesa se alegró muchísimo, porque amaba al joven pastor, y tenía miedo de que aún después de haberla salvado, su padre se opusiera a que Tata Awatiri y ella se casaran.
-No tienes nada que temer hija mía: Ya has dejado de ser una niña, sino que eres una mujer libre y capaz de tomar tus propias decisiones. Y tu madre y yo respetaremos esa decisión.
Y así fue como, unos días después, Tata Awatiri y la princesa Chirapa se casaron. Al matrimonio asistieron Mapinguari, los monitos (Quienes además, en compañía de Mapinguari, ayudaron a reconstruir la ciudad), el colibrí Q'achi y todos los ciudadanos de Chhanka. Y aunque no podía verlos, el joven pastor sabía que Ticci-Viracocha y sus padres también estaban allí, alegrándose por él.
En el momento en el cual Tata Awatiri y la princesa Chirapa se besaron, sellando su unión, todos los presentes aplaudieron y dieron vítores.
Siguieron a la boda días de festividad, los cuales estuvieron marcados por una gran alegría y sobretodo, el renacimiento de las esperanzas de los habitantes de la ciudad de piedra, los cuales tenían, además un nuevo soberano, el cual los guío a un nuevo tiempo marcado por la paz y la prosperidad.
Y aunque el viejo cacique y la reina murieron poco tiempo después a causa de su avanzada edad, fueron al otro mundo en paz, pudiendo ascender sus almas directamente hacia el Paraíso.
También Mapinguari tuvo que partir, puesto que debía encargarse de darles a los monos un nuevo hogar, en donde ellos pudiesen empezar una nueva vida. Luego de dar un fuerte abrazo a su protegido le pidió que no se entristeciera, puesto que la despedida no sería eterna, ya que cada cierto tiempo, el Padre Monte iría a visitarlo.
-Serás un gran rey, Tata Awatiri, estoy seguro de ello.- Fueron las últimas palabras de Mapinguari antes de dejar Chhanka. Y efectivamente, Tata Awatiri se convirtió en el rey más noble y justo que alguna vez hubiese existido entre los hombres. En compañía de la princesa Chirapa y el colibrí Q'achi el joven pastor convertido en cacique enseñó a los hombres las labores relacionadas con la agricultura y el cuidado de los animales, enseñándoles además a respetar la naturaleza, tal como Mapinguari y los dioses de la tierra le habían enseñado durante su niñez. Procuró además el joven pastor que a ninguno de sus súbditos le faltase lo necesario para vivir.
A través de Tata Awatiri, los habitantes de Chhanka aprendieron sobre la bondad de Ticci-Viracocha y los otros dioses, y sobre como debían mantener sus corazones puros y llenos de bondad para que así sus espíritus pudiesen ir al Paraíso.
Tata Awatiri fue todo lo que un rey debía ser, y también la princesa Chirapa fue todo lo que una reina debía ser: Juntos, ellos dos se convirtieron en un modelo a seguir para los otros habitantes de la tierra, pero no por ello se volvieron vanidosos, puesto que ambos siguieron siendo tan sencillos y humildes como lo habían sido durante su adolescencia.
Por fin, cuando a los dos les llegó el momento de dejar este mundo, los dos se tomaron de las manos, y esperaron tranquilamente a la muerte, amándose tanto como lo habían hecho durante su juventud.
Mapinguari estaba presente en el momento en el que esto ocurrió. No tardó mucho en aparecer Simpira, el rey del mundo amarillo, acompañado, como siempre, por su séquito de almas con apariencia de animales de la selva.
-¿Vas a llevarte sus almas, Simpira? No hay pecado en ellos…No merecen irse al mundo de los muertos…
-Tienes razón, Mapinguari. No hay pecado en ellos. Por eso es que no es a mí a quien le corresponde llevar sus almas al otro mundo sino a otro, mucho mayor que yo…Aquel que los conducirá al paraíso está cerca, y yo quise venir a despedirme, puesto que Tata Awatiri es amigo mío, a pesar de todo.
Una vez terminó de hablar, sopló un viento fuerte, y los Cielos se abrieron, dejando maravillados a todos los habitantes de Chhanka, quienes vieron con sus propios ojos como de este descendía un ser fabuloso, con cuerpo de serpiente, cabeza de llama, y alas de cóndor: Era el Amaru, el mensajero Celestial, quien llevaba sobre su lomo a Tatala, el sol.
-¡Es tiempo de partir, Tata Awatiri! El Palacio Celestial espera tu llegada.
El bondadoso pastor extendió la mano, y en ese mismo instante, su alma y la de la princesa Chirapa quedaron en libertad, ascendiendo al paraíso, acompañados por Tatala, el alma del colibrí Q'achi y los espíritus de los padres de Tata Awatiri, quienes volvieron a ser visibles para su hijo, puesto que ahora eran parte del mismo mundo.
Desde el Cielo, Tata Awatiri observó como Ticci-Viracocha, el Gran Creador, les bendecía desde la tierra.
-¡Sean muy felices!- les dijo- Ahora ustedes dos verdaderamente dueños de su propio destino. ¡Gocen, para siempre, con la bendición de su libertad!
Y fue en ese momento en el cual sucedió algo curioso: La fuerza del viento hizo que el manto multicolor que la princesa Chirapa llevaba sobre sus hombros saliese volando, convirtiéndose milagrosamente en un espectro multicolor, que los hombres conocen como arco iris.
Y desde entonces, quedó el arco iris en el Cielo, como un recuerdo de la bondad del pastor Tata Awatiri y la princesa Chirapa, así como del infinito amor de Ticci-Viracocha, quien aún permanece en la tierra, ayudando a sus habitantes, esperanzado en que el día en que todos los espíritus alcancen su libertad.
***


EL MITO DEL ARCOIRIS (PARTE 9)



Intervención divina

Esto es lo que había ocurrido:
Tatala, el sol, convertido en el líder de los dioses durante la ausencia de su padre, había sido testigo de cómo el bosque de los monos guerreros se había convertido en un gigantesco monstruo, capaz de destruir toda la vida sobre la tierra. Entonces, el dios se dijo a sí mismo que tenía que intervenir en lucha, a pesar de que su padre, el Creador le había ordenado a los dioses no intervenir en los asuntos de los humanos.
-Sabes que una maldición cae sobre aquellos quienes desobedecen la voluntad del Creador…- Le advirtieron los otros dioses.
- Pues tomaré para mí la maldición- Dijo Tatala, tomando su arco y sus flechas doradas.- Ustedes quédense aquí mirando como toda la vida sobre la tierra es destruida. Pero yo no me quedaré sin hacer nada.
-¡Espera!- dijo Cashiri, la luna, saliendo del Palacio Celestial. – Sé que quieres ayudar a los humanos, tal como lo hace nuestro hermano terrestre, Mapinguari…pero recuerda que sin tu luz, los Cielos se oscurecerán y la vida sobre la tierra desaparecería…
-¿Qué debo hacer, entonces?- dijo Tatala, volviendo el rostro en dirección a su hermana- ¿Permanecer impasible ante esta oleada de muerte y destrucción?
-Te ayudaremos…Yo y los otros dioses.- Respondió Cashiri, con voz calmada pero firme- Tomaremos tu lugar en el Cielo e irradiaremos la luz y el calor que sean necesarios para mantener a la tierra a salvo. Pero debes apresurarte en volver, pues nuestra fuerza no se compara a la tuya y no podremos alumbrar a la tierra por muchas horas…
-No te preocupes, hermana mía…Volveré pronto…
Y dándole un fuerte abrazo, dijo:
- Si es necesario que haya una maldición para aquellos que desobedecen la Voluntad de nuestro Padre, pues que la responsabilidad recaiga sobre mí…
-No digas más… ¡Ve, que en la tierra necesitan de la intervención de un dios!
Así fue como Tatala descendió hasta la tierra montado en el Amaru, un dragón parecido a una serpiente, pero con la cabeza de una llama y alas de cóndor, mientras que los otros dioses formaban una ronda, intentando igualar el calor y la luz de Tatala para que así la tierra no se congelase.
Por unos breves instantes, los cielos se oscurecieron, hecho que llamó la atención de todos los seres vivos sobre la Tierra, fuesen estos humanos, animales o espíritus.
También en las ruinas de la ciudad de piedra, Chhanka, los padres de Chirapa fueron testigos del extraño suceso, preguntándose que podía ser aquello.
-¿Es que acaso una señal de los Cielos, para indicar que el final de la vida sobre la tierra se acerca?-dijo el cacique Quiché.
-¡Qué importa ya eso!- respondió la reina con amargura- Yo ya perdí a mi hija, que era para mí lo más valioso que puede haber sobre este mundo…¡Qué me importa morir ahora!
-No digas eso, mujer…- Le reprochó el viejo cacique- Recuerda lo que dijo ese joven, Tata Awatiri…Dijo que volvería, trayendo a nuestra hija sana y salva…Debemos tener fe en que ellos cumplirán su promesa.
De vuelta al lugar de la pelea, Tatala, montado en el Amaru , descendió hasta el lugar en donde se encontraba el bosque hechizado. Cegando con su luz a Turuncana, indicó entonces al Padre Monte:
-¡Ahora, Mapinguari! Las púas venenosas que estaban en la corteza de este árbol se han secado y han caído a tierra. ¡Saca a la princesa de su prisión y destruye a Turuncana!
Mapinguari tardó unos segundos en reaccionar. Se había quedado estupefacto luego de haber presenciado la maravillosa intervención de Tatala. Pensaba que ya los dioses del Cielo no intervenían más en los asuntos de la tierra.
-¡No pierdas tiempo!- ordenó Tatala, y el Padre Monte introdujo sus garras en el interior del árbol hueco, liberando a la princesa Chirapa de su prisión.
Turuncana daba espantosos alaridos de dolor, intentando inútilmente detener a Mapinguari, quien una vez consiguió rescatar a la princesa, procedió a usar uno de sus conjuros sobre aquel árbol hechizado, prendiéndole fuego.
-¡Malditos! ¡Malditos sean por siempre! Me han…me han…- chilló el líder de los Huillcas mientras su espíritu moría. -¡Me vengaré! ¡Me vengaré de todos ustedes!
Intentó entonces el demonio usar el arco iris blanco para liberarse del árbol y adueñarse de la mente de uno de los dioses, convirtiéndose el demonio en un horrendo ser con cuerpo alargado, como el de una serpiente y una cabeza semejante a la de los buitres.
Pero de nada sirvió esta grotesca transformación puesto aún así quedó reducido a ceniza.
-¡Malditos…! – Alcanzó a decir con su último aliento de vida.
Con su muerte, el bosque fue liberado de la magia maligna, recuperando todas las plantas y árboles sus formas originales.
También los espíritus de los Huillcas se vieron repentinamente liberados, manifestándose como pequeños tunchis, quienes corrieron al encuentro de su compañero, agradeciéndole el haberles salvado.
El bosque había quedado restaurado y la princesa Chirapa estaba a salvo.
Pero aún así, un gran pesar afligía el corazón del Padre Monte, puesto que su protegido, el joven pastor Tata Awatiri, a quien quería como a un hijo, había sido herido por unas púas venenosas, las cuales estaban matándole poco a poco.
-Tata Awatiri… ¡No te mueras, por favor!- suplicaron, al unísono Mapinguari y la princesa Chirapa.
El joven se debatía entre la vida y la muerte, aunque no parecía tener muchas posibilidades de ganar esta lucha. Y no había magia alguna que pudiese salvarlo, puesto que sólo el Creador tenía el don para realizar el milagro que podría salvar a Tata Awatiri.
“Ticci-Viracocha… ¡Ayúdanos, por favor!” Suplicó mentalmente Mapinguari. Una de sus lágrimas cayó a tierra, y en aquel momento, un resplandor, el mismo que los había guiado en su visión, apareció en medio del bosque, tomando la forma de un ser fabuloso, parecido a un puma, pero dotado además de las enormes alas de un cóndor.
Tanto Tatala como Mapinguari reconocieron a la aparición: Se trataba de Ticci- Viracocha, el Creador de los seres que habitaban el Cielo y la tierra.
-Mientras haya luz en los corazones de los hombres y de los dioses…Yo estaré cerca, ayudándoles...- dijo, mientras se acercaba a Tata Awatiri.
-Señor Ticci-Viracocha…Se lo ruego… ¡Salve a Tata Awatiri!
-No temas, hijo mío… Así como la maldad ha desapercibo del bosque, así también el veneno ha desaparecido del organismo de tu protegido.
Y no bien dijo estas palabras, el rostro de Tata Awatiri recobró el color, y sus ojos se abrieron de par en par. Parecía estar muy confundido.
-¿Qué ocurrió? ¿Turuncana fue vencido? ¿Y la princesa Chirapa?
Como respuesta a sus preguntas, recibió un fuerte abrazo de la joven, quien además le besó y le colmó de bendiciones. Mapinguari también estaba muy feliz.
-Gracias, Ticci-Viracocha.
-No fui yo quien hizo el milagro. Fue su valor y su bondad los que los han salvado.
-¿Cómo es que está aquí, señor Ticci-Viracocha? Simpira nos había dicho que usted había dejado el Palacio Celestial, recluyéndose en una prisión infernal…
-Es cierto que mi cuerpo abandonó hace mucho los cielos y la tierra, pero mi espíritu ha permanecido desde siempre cercano a mi creación...He estado al lado de los humanos y los animales en su sufrimiento…Sin embargo, mi voz y mi presencia eran perceptibles sólo para aquellos que albergasen suficiente luz en sus corazones…Aquellos quienes movidos por el amor y la bondad realizan esfuerzos y sacrificios para ayudar, son también merecedores de milagros y bendiciones por el resto de la Eternidad.
-Entonces…Tú…
-Siempre he estado a tu lado, Mapinguari. Aún estando mi alma prisionera, mi espíritu ha permanecido (Y permanecerá) junto a ti por el resto de la eternidad.
- La grandeza de la Creación no abarca únicamente el mundo de lo visible, Mapinguari. Hay mucho más allá de la vida presente…Maravillosas verdades que no te imaginas, pero que irás descubriendo conforme pasa al tiempo. Porque aún incluso los dioses nos queda mucho por aprender todavía.
Mientras decía estas palabras, miró fijamente a Tatala, quien había permanecido en silencio, si bien su radiante rostro parecía estar marcado por una profunda tristeza.
- Sé lo que piensas Tatala…Quieres saber porque dejé el Palacio Celestial, porque ordené a los dioses que no interfirieran con los asuntos de los hombres…No es algo fácil de explicar pero era algo que debía ocurrir, para que tanto los hombres como los dioses adquirieran la experiencia y la sabiduría que son necesarios para poder construir un Nuevo Mundo…Un Paraíso que ningún demonio o influencia maligna pudiesen destruir…
-Mucha gente ha sufrido- dijo Tatala, con algo de resentimiento- Muchos han muerto… ¿Es acaso ese el precio del “aprendizaje”, Padre?
-Hijo mío…- Dijo Ticci-Viracocha con infinita ternura en su voz- El sufrimiento y la muerte también son parte de la vida, como lo pueden ser el amor y la esperanza. Pero no por ello son capaces de destruir la vida. Ninguna de esas vidas, de esas preciosas almas se ha perdido.
Numerosos puntos de luz, semejantes a luciérnagas empezaron a brillar alrededor de Ticci-Viracocha.
- Estas luces son las almas de todos aquellos quienes por amor y bondad sacrificaron sus vidas… Representan toda la generosidad de sus espíritus… Y aún así, son pequeñas y aún necesitan de guía y protección… Las almas de los primeros habitantes de la tierra…
-¿Quieres decir que ellos son…?
-Aquellas personas que perecieron durante el primer ataque de Turuncana y los Huillcas…Sus almas son buenas, felices, pero ninguna de ellas puede crecer, ni ser enteramente libres…Necesitan por fuerza la compañía de un dios o espíritu para poder manifestarse y ayudar a los otros. ¿Entiendes esto, Tatala? Que estén así no es su culpa sino mía. ¡Cómo nos gustaría nosotros, los dioses, que los humanos fuesen un rebaño de seres bondadosos y simpáticos, a quienes les resolveríamos todos sus problemas con una pizca de nuestra fuerza! Pero ese, es precisamente nuestro pecado, hijo mío. No es así como se crean seres libres y justos. También las almas necesitan crecer, madurar, alcanzar su perfección para ser así dueñas de sus propios destinos.
Una de las lucecitas se acercó hasta Tatala y se posó sobre su hombro.
-La gente necesita pasar por numerosas experiencias para poder alcanzar esta libertad, hijo mío. Y parte de esta experiencia lo conforman elementos que están constantemente en balance, el bien y el mal; la vida y la muerte…
-No puedo entenderlo…Por más que me esfuerzo, no puedo entenderlo…
Ticci- Viracocha sonrió.
- No te preocupes. Es algo muy complicado para poder expresarlo únicamente a través de palabras…En este sentido los humanos tienen ventaja sobre nosotros, los dioses, porque sus limitaciones les permiten entender mejor estos misterios de la existencia. Pero no pienses que estoy molesto contigo, hijo mío, por haber intervenido en esta pelea. Hay veces, en las que por fuerza, los dioses tenemos que interferir. Pero no puedes esperar resolver todos los problemas del mundo con magia y milagros. Eso es algo que yo mismo tuve que aprender…
Luego el Creador se acercó hacia los restos carbonizados de Turuncana, los cuales estaban al lado del líder de los monos guerreros, Mancharu, quien yacía inconsciente en el suelo.
-Pobre Mancharu…No he sido yo quien ha tenido que castigarte, sino tú mismo. Acudiste a tu peor enemigo para intentar salvarte, y mírate ahora, al borde la muerte. Pero ni siquiera por eso tú o Turuncana dejan de merecer ayuda.
Llamó entonces Ticci- Viracocha a Simpira, el rey del mundo amarillo, el cual apareció en el bosque en cuestión de segundos, acompañado por un grupo de animales.
-Aquí estoy, señor Ticci-Viracocha ¿Qué es lo que desea que haga?
-Primero que nada, llévate las almas de estos dos: Sé que tú los desprecias y no los quieres en tu reino, pero no es así como debe actuar un dios. Al recibirlos, no sólo los ayudarás a ellos, sino también a ti mismo.
-Puede ser, señor…Más debo decirle…Que no me gusta para nada tener que usar esta clase de métodos…El que comete una maldad una vez, puede cometerla de nuevo…
-Tal vez. Pero también aquel que ha cometido una maldad puede hacer un gran bien para compensarlo. Además, tú tarea es la de ser guía y no juez…
-Cierto señor. Perdone mi arrogancia.
Mapinguari no podía creer lo que veía. ¡Por primera vez, Simpira se mostraba humilde y sumiso ante alguien! Pero, claro está, ese alguien tenía que ser Ticci-Viracocha. Aún así resultaba desconcertante ver al soberano del mundo de los muertos recibir órdenes.
-¿Qué haremos con los monos guerreros que aún están vivos?- preguntó Simpira.
-Pues la verdad…no lo sé…Había pensado en darles un nuevo cuerpo a cada uno de ellos, el cual sería mucho más pequeño y débil físicamente, aunque ayudaría al crecimiento de sus espíritus. Pero luego pensé que ello sería muy injusto para su orgullo de guerreros. Así que decidí que sería lo mejor que te acompañaran al mundo amarillo, para continuar su aprendizaje…
Los monos guerreros, quienes habían escuchado las palabras de Ticci-Viracocha miraron de reojo a Simpira, quien a su vez les dirigió una mirada maliciosa…Lo suficientemente maliciosa como para que les resultase aterrador pasar quien sabe cuantos milenios en compañía de semejante personaje.
-¡No, por favor! Se lo rogamos, señor Ticci- Viracocha, permítanos redimirnos. Aceptamos cambiar de apariencia…Por favor, no queremos ir al mundo de los muertos todavía…
-Bueno… Si ese es su deseo…
Ticci-Viracocha extendió sus alas, y luego de agitarlas por unos momentos, la apariencia de los monos guerreros cambió por completo, quedando convertidos en unos seres pequeños y escuálidos. Al verles, Mapinguari y los demás animales no pudieron evitar sonreír. Si hasta a los tunchis les parecían ridículos aquellos seres.
-Si no están satisfechos, puedo devolverles su antigua forma…Aunque tendrían que acompañar a Simpira al mundo amarillo.
-¡Si! ¡Tendrán que ir conmigo al mundo de los muertos!- Anunció Simpira lúgubremente.
-¡No, no se preocupe, señor Ticci- Viracocha! Estamos más que contentos con nuestra nueva forma…- dijeron los monitos, en un tono muy poco convincente. Pero a Ticci-Viracocha le bastó esto.
-Además, tienen que prometer que nunca más le harán daño a algún ser humano.
-¡Lo prometemos! ¡Lo prometemos!
-¡Muy bien! Entonces pueden quedarse a vivir en este bosque. Aunque tal vez prefieran mudarse…Después de todo, los otros animales deben estar un poco molestos por lo que le hicieron a su bosque…
-Aceptamos mudarnos a donde tú quieras, Gran Creador.
-Bueno, Bueno, estoy seguro de que Mapinguari podrá proveerles un buen hogar, uno en donde estén libres de problemas… ¿No es así?
El padre Monte asintió, con una ancha sonrisa, la cual asustó más a los pequeños monos.
-No se preocupen. Él ya no es más su enemigo. Si se portan bien, estoy seguro de que ustedes podrían ser grandes amigos.
Simpira se preparó para irse de vuelta al mundo de los muertos.
-Si no hay nada más que quieres que haga por ti, Gran Creador, me marcho de vuelta a mi hogar…
-Espera Simpira… ¿No te estás olvidando de algo?
El rey del mundo amarillo suspiró.
-¡Cierto! Que torpe soy…
Se dirigió entonces a unos animales que formaban parte de su séquito, dos imponentes jaguares.
-¡Ustedes dos! Vengan aquí en este mismo instante.
Los jaguares caminaron hacia el lugar en donde ellos se encontraban. Al tenerlos cerca, Tata Awatiri sintió algo muy familiar en ellos.
-Miren a su hijo. ¡Se ha convertido en un hombre grande y fuerte! Es amigo de los animales y de los dioses. ¿No están felices por él?
Mapinguari recordó entonces el día en el cual él y Simpira encontraron a Tata Awatiri, quien había sido el único sobreviviente de la destrucción de su poblado, llevada a cabo por los monos guerreros.
-Simpira…Quieres decir que estos jaguares…
Simpira no respondió, sino que se limitó a asentir con la cabeza.
Tata Awatiri, por su parte, estaba desconcertado. No sabía porque, estando al lado de esas dos fieras desconocidas, se sentía invadido por una gran felicidad, como si aquellos dos animales fuesen amigos a quienes no hubiese visto desde hace mucho tiempo.
“Esto es muy extraño…A ninguno de ustedes dos los he visto antes, y sin embargo siento como si los conociera…”
Entonces uno de los jaguares habló:
- Hijo mío…Ha pasado tanto tiempo…
-Eras sólo un niño pequeño en aquel tiempo. ¡Mírate ahora! Ya eres un hombre grande y fuerte…
Los dos parecían estar muy conmovidos. Apoyaron afectuosamente sus enormes cabezas sobre los hombros de Tata Awatiri.
Ticci-Viracocha sonrió, muy satisfecho al parecer. En ese instante, los pequeños círculos de luz que revoloteaban a su alrededor comenzaron a bailotear haciendo un zumbido semejante al de una abeja.
-Es tiempo- dijo el Creador.
No bien terminó de decir esas palabras, la apariencia de los jaguares cambió, convirtiéndose en dos figuras, altas y luminosas, de las cuales se irradiaba un aire de paz y tranquilidad. Recién entonces el joven pastor los reconoció, dándose cuenta de quienes eran ellos dos:
-¡Papá! ¡Mamá!-dijo, al tiempo en el cual les daba un fuerte abrazo.
-Así es, hijo mío. Ya nuestras almas han sido liberadas de los odios y la vanidad que nos dominaba mientras estábamos vivos…Nuestro dolor sirvió para redimirnos.- dijo el padre de Tata Awatiri.
-Mientras estuvimos en el mundo de los muertos pasamos por tiempos difíciles- dijo la madre de Tata Awatiri- Pero siempre animaba nuestros espíritus la esperanza de volverte encontrar, aunque fuese después de muchos siglos.
Notó entonces el joven pastor que las dos figuras radiantes empezaban a tornarse borrosas.
-¿Qué les ocurre? Papá…Mamá… ¿Es que acaso tienen que irse ya? ¡Pero si apenas acabamos de encontrarnos!...
Los padres de Tata Awatiri negaron con la cabeza.
-No, hijo mío. Al contrario: Desde hoy estaremos junto a ti, cuidando de ti…Aunque no puedas vernos, nuestro espíritu será tu guía en los momentos de duda y de ayuda en los momentos de adversidad, tal como lo hace el Espíritu de Ticci-Viracocha…
El Creador asintió ante esta afirmación y añadió:
-Siempre estaremos a tu lado, Tata Awatiri: Seremos la fuerza que necesites para seguir adelante y la esperanza que te animará a vivir…
También el cuerpo de Ticci-Viracocha comenzó a desvanecerse mientras hablaba.
-¿Volverás a irte, Padre?- preguntó Tatala, acongojado.
-Mi espíritu nunca dejará la tierra, Tatala. Ni tampoco abandonará a mis hijos, sean estos humanos, animales o dioses. Aunque no puedas verme, yo estaré allí, hijo mío…
Ahora Ticci- Viracocha se había convertido en un pequeño punto de luz, que flotaba alrededor de Tatala.
-Debes irte, hijo…En el Cielo esperan tu regreso. Ten fe. Lo has hecho todo muy bien. Has probado que eres capaz de eres capaz de liderar a los dioses y dirigir el Palacio Celestial.
El radiante dios no pudo evitar derramar unas lágrimas de felicidad al oír estas palabras. Más se mantuvo firme y preguntó:
-¿Estás seguro, padre, que no deseas que haga algo más? ¿Alguna otra obra en tu Nombre?
-Si, hijo. Si la hay. Escucha ahora, con tu corazón, no con tus oídos lo que voy a decirte.
Entonces el círculo de luz desapareció de la misma forma que lo hace una burbuja lo hace al momento de estallar; si bien no desapareció el clima de paz y tranquilidad que había creado a su alrededor.
Tatala, por su parte, sonrió en forma misteriosa, como si hubiese oído de boca de su padre alguna grandiosa revelación que había conseguido alegrarle.
- Está bien, Padre. ¡Lo haré!
Y montado en el Amaru, el dios emprendió el camino de vuelta hacia los Cielos. Mientras iba ascendiendo, el paisaje comenzó a cambiar nuevamente, volviéndose mucho más hermoso de lo que antes había sido.
-¡Miren, hombres! ¡Miren animales!- dijo Tatala- Observen este milagro: ¡Esta es la tierra tal como mi Padre lo creó! Mírenla bien: Recuerden la bondad, la inocencia, la pureza que existía en sus corazones en el tiempo previo a la gran inundación. ¡Yo les prometo que incluso Valle Eterno será restaurado y volverá a ser el Paraíso terrenal concebido por mi Padre! ¡Ustedes también lo verán, si hay luz suficiente en sus corazones!
Y no quiso decir adiós, porque se había prometido, al igual que Ticci-Viracocha, a estar siempre cerca de la tierra, cuidando a los hombres y a las demás criaturas.
Tata Awatiri y los otros se quedaron extasiados contemplando aquel maravilloso paisaje, el cual estaba lleno de una presencia benigna, celestial, que llenaba de sosiego sus espíritus.
Mapinguari y Simpira, quienes habían presenciado la creación de la tierra, se vieron invadidos entonces por la nostalgia, al recordar los tiempos en los cuales ellos aún vivían en el Palacio Celestial, antes de convertirse en dioses de la tierra.
Por su parte, Tata Awatiri y Chirapa no podían estar más felices: Estaban juntos otra vez, y lo más importante, ambos habían sido bendecidos por Ticci-Viracocha, el Gran Creador, lo que auguraba un tiempo de paz y felicidad para ambos. El futuro, su futuro, se presentaba ante ellos radiante y lleno de esperanzas.


EL MITO DEL ARCOIRIS (PARTE 8)



Dentro del bosque fortaleza

El problema principal era ver en qué forma Turuncana pudiera distraerse para facilitar la entrada de Mapinguari y los otros dentro de aquel monstruoso bosque.
Cierto, su mayor preocupación seguía siendo el apoderarse de la mente de Mancharu, tal como lo había hecho con el mono guerrero, pero para poder llevar a cabo un plan semejante, haría falta un mayor esfuerzo por parte de Turuncana.
Porque, si bien había sido capaz de adueñarse de la mente de uno de los monos guerreros, lo cierto es que en aquella ocasión la suerte estuvo de su lado: El oponente estaba muy distraído y confiado en su fuerza y habilidad, por lo que resultó muy fácil tomarlo por sorpresa.
En cambio Mancharu resultaba un blanco mucho más difícil, puesto permanecía constantemente alerta, llegando a pasar días enteros sin dormir, eternamente vigilante.
La causa de este comportamiento era, extrañamente, una pequeña criatura, perteneciente a una especie que Turuncana y Mancharu siempre habían despreciado: Una humana, la joven princesa Chirapa, era la causa principal de la tensión existente en el corazón del líder de los monos guerreros. Lo cierto es que ni siquiera él mismo sabía porque actuaba en esa forma. ¿Qué diferencia había entre un ser humano y otro? ¿Por qué, así de repente, durante el ataque a la ciudad de Chhanka, había despertado vivamente su atención aquella hermosa joven, ricamente ataviada con oro y plumas multicolores, al punto que se había decidido no matarla de inmediato? ¿Y porque, luego de haber escapado de Mapinguari, se había decidido conservar a aquella joven con vida, a despecho de cualquier cosa que los monos guerreros pudiesen pensar de él? No, aquello no era lógico y Mancharu no era capaz de entenderlo. Para él, los humanos eran criaturas semejantes a insectos, sin ningún valor. Y sin embargo, ahora se encontraba vigilando a uno de ellos, como si fuese su más preciada posesión, cuidándolo con el mismo recelo que uno protege el más valioso tesoro.
La princesa Chirapa, quien seguía prisionera dentro del árbol hueco en donde Mancharu le había colocado (El mismo que se había convertido en una especie de torre cuya parte exterior estaba repleta de púas venenosas en el momento en el cual Turuncana hechizó el bosque) por su parte, vivía instantes de incertidumbre y terror, al saberse prisionera de un ser totalmente impredecible y violento, que así, como se había decidido a conservarla con vida, podía decidir matarla en cualquier momento.
Ella no entendía la extraña conducta de Mancharu: Suponía que el monstruo buscaba sumergirla en la locura y en la desesperación al ponerla dentro de aquella prisión horrenda, de la cual no había ningún escape posible. Pasaba los días, lamentándose de su suerte y llamando en voz alta a su padre y a su madre, así como al joven pastor de quien se había hecho amiga, convencida de que ya no volvería a ver a ninguno de ellos.
-¡Padre! ¡Madre! ¡Que no daría por volver a su lado!… ¡Tata Awatiri! ¡Cómo quisiera volverte a ver, tenerte cerca, oír tus historias y tus palabras llenas de bondad! Pero parece ser que yo no tendré esa suerte…Porque este horrible monstruo no deja de vigilar ni un solo instante este árbol hueco convertido en prisión, impidiendo cualquier posibilidad de escape… ¡Si es que está empeñado en alargar el mayor tiempo posible mi sufrimiento!
Pero en esto se equivocaba la princesa, puesto que no era su dolor lo que el cruel líder de los monos guerreros buscaba, al permanecer vigilante al lado del árbol hueco, sino que era, de una forma brutal y enfermiza, una expresión del amor que el líder de los monos guerreros sentía por ella. Y es que aunque Mancharu no quisiera admitirlo ni fuese consciente de ello, la inocencia y belleza de la joven princesa habían cautivado su perverso corazón de la misma forma que un conjuro. Pero este amor no era capaz de disminuir en lo más mínimo la crueldad y violencia de su carácter, obligando a los otros monos guerreros a permanecer a una distancia considerable de su “prisionera”, amenazando a cualquiera de ellos con la muerte si es que se atrevían a acercarse.
Turuncana se dio cuenta de esto, y se había decidido a adueñarse de “aquello” que era capaz de poner a Mancharu en un estado semejante, para así tenerlo a su merced y apoderarse de su cuerpo.
Pero sus primeros acercamientos resultaron desastrosos, viéndose obligado a correr para salvar su vida más de una vez. Él creía que habiendo convertido en el bosque en una fortaleza, las preocupaciones de los monos guerreros desaparecerían, volviéndose seres torpes y confiados. Sin embargo, la actitud obsesiva de Mancharu no había disminuido en lo más mínimo, y desde el momento en el cual se habían unido las almas de los Huillcas al bosque, Mancharu había permanecido alerta y vigilante.
“Sólo un descuido y nada más…Sólo eso necesito y lo tendré en mi poder…”
Pero ese descuido no ocurrió. Mancharu podría haberse vuelto loco, más no había perdido ni un solo ápice de su fuerza ni tampoco habían cedido sus labores de vigilancia, mostrándose mucho más cuidadoso y desconfiado que antes.
-¡Mataré al que se acerque!-gritó, en el mismo instante en el cual Turuncana había intentado acercarse.
Maldiciendo entre dientes, al líder de los Huillcas no le quedó más opción que mantenerse a una distancia prudencial, a fin de no echar a perder sus planes.
“Cuánto tiempo más podrás permanecer así Mancharu? Hasta los más fuertes se cansan algún día… Y tú no eres la excepción. ¡En algún momento, bajarás la guardia y entonces yo me adueñaré de tu mente tu cuerpo!” pensó el maligno líder de los Huillcas, ignorante de que él mismo estaba siendo vigilado por otro ser, un personaje pequeño, quizá ridículo en comparación de aquellos terribles titanes, pero que era capaz de pasar desapercibido en medio de aquel clima de tensión. Y aquello constituía su principal ventaja.
Porque fue precisamente su pequeñez y casi imperceptible presencia la que le permitió burlar la vigilancia de Mancharu, siendo capaz incluso de entrar en el árbol hueco en el cual estaba prisionera la princesa, comprobando así que la joven seguía con vida, para alivio de Tata Awatiri, quien se enteró de esto a través de Mapinguari, quien podía ver todo aquello que el tunchi veía.
Y fue la pequeñez y discreta presencia del tunchi lo que le permitió estar presente en el momento en el cual Turuncana bajó la guardia, habiéndose convencido de que Mancharu se había quedado dormido, pudiendo dar cuenta de todo esto al Padre Monte al instante.
-¡Es hora!- rugió Mapinguari- ¡Debemos entrar al bosque fortaleza ahora mismo!
Y llevando a Tata Awatiri sobre su lomo, Mapinguari, acompañado por los animales más fuertes, se adentraron en los tenebrosos dominios de los monos guerreros.
También en esta ocasión los animales fueron atacados por numerosas lianas y arbustos espinosos, pero habiéndose distraído el hechicero Huillca Turuncana al haber recibido un golpe en el rostro por parte de Mancharu (Quien por cierto no se había quedado dormido, sino que se encontraba bien despierto, lo suficiente como para acusar a Turuncana de traidor y de haber intentado conspirar en su contra, razones más que suficientes para quitarle la vida) la magia maligna impregnada en los árboles y plantas del bosque se había debilitado considerablemente, por lo que no tardó mucho en llegar el Padre Monte al lugar de la pelea.
Mancharu, quien en aquel momento intentaba estrangular a Turuncana, se quedó muy sorprendido de ver a otro de sus enemigos en aquel lugar, hecho que fue aprovechado por el líder de los Gigantes Huillcas para liberarse, dándole una patada en el rostro al líder de los monos guerreros.
-¡DESPIERTEN, MONOS GUERREROS! ¡NOS ATACAN! –Bramó Mancharu, llamando en voz alta a los otros miembros de su especie, pero no aquello no resultó de mucha utilidad, puesto que Mapinguari los derrotó en un santiamén. Unos instantes después, Mapinguari tenía a Mancharu agarrado por el cuello, a quién ordenó:
-Ahora, si no deseas morir, debes devolver con vida a la princesa Chirapa, y jurar que nunca más harás daño a ningún otro ser humano…
-Lo…Lo juro…- Dijo Mancharu, estando a punto de asfixiarse- Prometo…que no haré daño a ningún otro ser humano…
-¿Dónde está la princesa Chirapa?- Preguntó Tata Awatiri.
-En…En…En aquel árbol…- dijo Mancharu, temeroso.
-¡Espera, Tata Awatiri!- gritó el tunchi, quien permanecía escondido en el interior del árbol hueco- No te acerques todavía, este árbol está cubierto de espinas venenosas…Si te acercas demasiado, podrías morir…
-¿Tata Awatiri está aquí?- preguntó la princesa Chirapa, saliendo en aquel momento de su estado de semiinconsciencia a causa de las terribles experiencias que había vivido en aquel lugar- ¡Oh, gracias a los dioses del Cielo y de la tierra que estás aquí! ¡Te lo ruego, Tata Awatiri, sálvame!
-¡Enseguida, Chirapa!- gritó Tata Awatiri, pero nuevamente el tunchi le recordó lo peligroso que sería realizar tal acción.
-Ordena a Turuncana deshacer el hechizo que impuso sobre este bosque. Sólo así podrás acercarte al árbol sin riesgo alguno.
-¡Turuncana!- dijo Mapinguari, dándose cuenta en aquel instante que se habían olvidado del líder de los Huillcas, luego de haberse enfrascado en su pelea con los monos guerreros- ¿Dónde está él?
Una siniestra surcó los aires, a modo de respuesta.
-¡Sabía que me causarías muchos problemas tarde o temprano, ridículo tunchi! Debiste irte con tus compañeros… ¡Ahora morirás junto a tus nuevos amigos, traidor!
-¿Dónde estás, demonio?- preguntó Tata Awatiri.
-¡Tú eres el único traidor, Turuncana! – Chilló el tunchi, furioso- ¡Traicionaste a tus propios amigos y sirvientes! ¡Si tú no nos hubieras aconsejado hacer las maldades que nos proponías, nosotros hubiéramos podido vivir en paz y haber sido felices!
-¿De veras lo crees, amigo mío?-Preguntó una voz, burlona y aterradora, que parecía venir desde el interior de una profunda caverna. Todos miraron de un lado a otro, en busca de Turuncana. No fue sino hasta el momento en el cual Mapinguari y los otros fueron atrapados por unas enormes lianas que emergieron del suelo, en el cual se dieron cuenta de que un horrible rostro emergía de la corteza del árbol en el cual la princesa Chirapa permanecía prisionera.
- No habría tenido que llegar a este extremo si ninguno de ustedes se hubiese entrometido en mis planes. Pero ahora no queda más remedio que este. Tendré que matarlos a todos.
Recién entonces se percataron del cuerpo inerte del mono guerrero que estaba al lado del árbol hueco. Sus manos estaban ensangrentadas, como si estás hubiesen tocado las espinas que recubrían al árbol-torre.
-Turuncana… ¿Es que acaso has unido tu alma al árbol hueco?- preguntó el pequeño tunchi.
En aquel momento la tierra se sacudió con una violencia tal que parecía estar a punto de abrirse y lanzar a todos los presentes al abismo. Pero en vez de eso, el suelo se sacudió y emergieron numerosas elevaciones en el terreno, las cuales se transformaron en unas enormes columnas de roca, en las cuales aparecía el horrendo rostro de Turuncana.
-¡Ya no me importa si jamás puedo recuperar mi cuerpo! Tampoco me importa adueñarme de la mente de Mancharu. ¡SÓLO ME INTERESA MATARLOS A TODOS!
Y entonces la tierra empezó a moverse, mientras que de las ramas de los árboles se transformaban en afiladas cuchillas que se abalanzaron sobre Mapinguari y los monos guerreros, quienes las detuvieron con sus manos, pero la presión ejercida por las lianas sobre sus patas traseras les restaba fuerza y agilidad, menguando su resistencia.
-¡Ayúdame, Tata Awatiri!- gritó la princesa Chirapa, en el momento en la cual el árbol hueco empezó a crecer hasta el Cielo, adquiriendo entonces la forma de la cabeza de un animal monstruoso.
-Ahora el bosque fortaleza se convertirá en un demonio que destruirá toda la vida sobre la tierra- anunció lúgubremente el líder de los Huillcas.- Caminará por cada una de las diferentes regiones que hay en este mundo, acabando con todo a su paso…Ustedes serán los testigos de toda esa muerte y destrucción...Ustedes presenciarán el dolor y sufrimiento de los seres vivos…Y cuando haya acabado con todos, ustedes también dejarán de existir…
Aquella situación resultaba desesperada. Sin que pudiesen hacer nada por impedirlo, el bosque- demonio, avanzaba a través del camino en medio de las montañas, a través del cual habían llegado Mapinguari y Tata Awatiri, destruyéndolo todo a su paso. El Padre Monte sabía que no tardaría en llegar hasta un lugar habitado por personas y animales, a los cuales destruiría con su devastadora aparición. Pero, en aquel momento al menos, no había nada que pudiera hacer por impedirlo.
“Dioses del Cielo… ¿Qué debo hacer?”
Aquel monstruo infernal seguía avanzando a través de las montañas, para total espanto de los animales que se habían escondido en ellas.
“Ticci-Viracocha… ¡Ayúdanos, por favor!” suplicó Tata Awatiri, mentalmente, mientras hacía esfuerzos por liberarse de las lianas que le aprisionaban.
Durante esos momentos de desesperación y lucha, tanto Mapinguari como Tata Awatiri experimentaron un fugaz, pero intenso momento de revelación, alcanzando sus mentes una claridad que sólo pueden alcanzar aquellos que están en contacto con la divinidad.
En su visión, ellos dos se encontraban en medio de una inmensa oscuridad en donde nada podía verse más allá de sus narices. Únicamente sus espíritus constituían dos puntos de luz en medio de aquel tenebroso vacío.
“¿Qué es esto? ¿Es la muerte? ¿Es el infierno?” Se preguntaron, con algo de temor.
Fue en ese momento en el cual otro punto de luz apareció frente a ellos y les sirvió de guía en aquella misteriosa dimensión, llevándolos hasta un hermoso lugar, muy parecido a lo que había sido Valle Eterno, al comienzo de la Creación, si bien aquel lugar era mucho más hermoso y radiante.
El joven pastor y el padre Monte se quedaron asombrados, mirando aquel lugar, preguntándose si aquello sería el Paraíso. Se volvieron entonces hacia el ser que los había conducido hasta ese lugar, pero la luz que irradiaba de este se volvió mucho más fuerte e intensa que antes, impidiéndoles ver claramente su forma: Por un instante parecía ser un puma, luego su forma cambiaba a la de un cóndor, y finalmente adquirió la figura de un anciano de mediana estatura y aspecto venerable, el cual llevaba una larga túnica blanca. Mapinguari le reconoció:
-¡Señor Ticci-Viracocha! Yo pensé que usted había dejado los Cielos y la tierra para siempre…
Y el Creador les respondió con una voz clara y serena, aunque el mismo tiempo solemne:
-Mientras haya luz en los corazones de los hombres y de los dioses…Yo estaré cerca, ayudándoles...Ánimo, hijos míos, porque su triunfo está cerca… Ninguna hechicería o maldad será capaz de vencerlos.
No bien terminó de decir esas palabras, Mapinguari y Tata Awatiri recobraron la conciencia y viéndose nuevamente en medio del bosque hechizado. Pero esta vez estaban libres de las lianas que los habían aprisionado.
-Qué… ¿Qué sucedió, Tata Awatiri?
-Fue Ticci-Viracocha… ¡Él nos ayudó para que pudiéramos salvar a la princesa!- dijo el joven pastor, sintiéndose muy feliz por haber podido conocer al Creador del mundo.
Pero los gritos de terror de la princesa Chirapa le recordaron que la batalla aún no había terminado.
-¡Vamos, Mapinguari! Nuestros amigos nos necesitan.
Montado sobre el Padre Monte, Tata Awatiri trepó a la parte más alta de la torre- árbol, a fin de encarar a Turuncana y salvar a la Princesa.
-¡Es imposible! Ustedes debían estar muertos…- dijo el demonio, al tiempo en el cual lanzó un nuevo ataque en contra de los dos héroes, el cual fue fácilmente eludido.
-Te olvidas, demonio, que a nosotros nos protege el mismísimo Creador, el Gran Ticci-Viracocha- dijo Tata Awatiri- ¡En su nombre te venceremos y liberamos a la tierra de tu maldad!
Turuncana se burló de ellos, pero luego de sufrir en carne propia la poderosa magia del Padre Monte, se dio cuenta de que no podría ganarle.
-¡Ríndete!- Rugió Mapinguari- Hasta ahora no había usado mi magia por consideración hacia tus compañeros, pero no tendré ninguna piedad contigo. ¡Libera a la princesa y acaba de una vez con esta pelea absurda!
El líder de los Huillcas se enfureció al oír estas palabras, porque sabía que el Padre Monte tenía razón, pero pensó entonces en un nuevo plan, con el cual podría tener algo de ventaja.
-¡Espera Mapinguari! Recuerda que la princesa Chirapa está aún dentro de mí…Si tú usas tu magia para destruir este árbol, la matarás…
-Pero… ¿Es qué acaso serías capaz de arriesgar tu propia alma, con tal de continuar con esta lucha insensata?
-No lo sé, Padre Monte…Eso depende de ti, únicamente…
El demonio puso a los dos héroes en una difícil situación. Debían decidir rápido, pues de lo contrario Turuncana seguiría destruyendo todo a su paso usando la fuerza del bosque hechizado.
Sin embargo, el líder de los Huillcas no les dio tiempo suficiente para tomar esa decisión, puesto que atacó por la espalda a Mapinguari y al joven pastor, golpeando a este último con una de sus ramas, la cual estaba llena de púas venenosas.
-¡Tata Awatiri!- gritó Mapinguari, horrorizado al darse cuenta de que su protegido había sido herido por las púas venenosas, quedando así al borde la muerte.- ¡Por favor, resiste!
-Es inútil- se burló Turuncana- El veneno no tardará en hacer efecto. Sólo le restan unos minutos de vida.
Una mezcla de furia y dolor se apoderó del corazón de Mapinguari. Este, con lágrimas en los ojos, anunció:
-¡Ahora ya no tengo ninguna duda en que debes morir por el bien de todos, demonio! ¡Usaré mi magia para quemarte por completo y así el fuego queme tu alma por toda la eternidad!
Ya estaba a punto de hacerlo, cuando en eso un haz de luz cegó a todos los seres que se encontraban en el bosque hechizado.

EL MITO DEL ARCOIRIS (PARTE 7)


La llegada de Mapinguari y Tata Awatiri

Mientras todos estos hechos tenían lugar, Mapinguari, el Padre Monte, acompañado por Tata Awatiri terminaban de recorrer el escarpado sendero en medio de las montañas, que según les había indicado Simpira, el rey del mundo amarillo, conducía al bosque en donde se habían refugiado los monos guerreros.
Si bien los monos guerreros podían recorrer ese camino rápidamente, no así Mapinguari tenía que recorrerlo en forma lenta y cautelosa, debido a su gran tamaño, pues de lo contrario caería al vacío.
-¡Vamos, Mapinguari! Tenemos que llegar pronto al bosque de los monos guerreros si queremos salvar a la princesa Chirapa de esos monstruos horribles.
-¡No vayas tan rápido, Tata Awatiri!- rogó el Padre Monte- yo no soy tan pequeño y hábil como tú, que puedes recorrer este sendero con toda facilidad. No estoy acostumbrado a ir por esta clase de caminos, así que tengo que ir con cuidado.
-De acuerdo, de acuerdo, esperaré, Mapinguari…Pero es que presiento que estamos tan cerca de ese bosque… ¡Si hasta me parece oír el llanto de la princesa Chirapa a la distancia!
-A mí también me ha parecido oír un llanto- dijo Q'achi, el colibrí, quien estaba parado en el hombro derecho del joven pastor- pero no se parece al llanto de los humanos, sino que es semejante al lamento de los animales salvajes, cuando sufren heridas o pierden a uno de sus cachorros…
En efecto, una multitud de gruñidos y voces lastimosas parecían aglomerarse en el lugar en donde desembocaba el camino en medio de las montañas. Rápidamente, Tata Awatiri y Q'achi se dirigieron hacia allí, aunque ninguno de ellos esperaba realizar el extraño hallazgo que tuvo lugar al pie de las montañas.
Un grupo de animales, de todas las formas y tamaños, se encontraban reunidos en semicírculo, mostrando muchos de ellos numerosas cicatrices y heridas en sus cuerpos. Los más pequeños se aferraban al lomo de sus madres y no dejaban de llorar, lamentándose de que los hubieran expulsado de su bosque.
-¿Cómo dicen?- preguntó Mapinguari, no bien terminó de descender por el sendero.- ¿Quién lo hizo? ¿Quién los ha expulsado de su bosque?
-Fueron Mancharu y sus monos guerreros. Ellos usaron la magia diabólica de los Gigantes Huillcas para convertir al bosque en una fortaleza: Hechizaron a todos los árboles y estos se volvieron violentos y horribles, como monstruos. A golpes nos expulsaron de nuestras casas y dominios.
Al oír esto, el Padre Monte se indignó muchísimo.
-¡Ahora mismo voy a ir a ver a ese Mancharu! Yo le castigaré por sus numerosas maldades.
Y luego añadió, con una mezcla de furia y desdén:
-¡Acudir a los demonios Huillcas! No puedo imaginarme una mayor bajeza…
Los animales suplicaron a Mapinguari que no se acercase al bosque-fortaleza de los monos guerreros.
-Dicen que los Huillcas han unido sus espíritus a los de las plantas y árboles del bosque…Todo el lugar ha sido poseído por esos demonios y hasta los animales más nobles y fuertes han tenido que huir… ¡Por favor, señor Mapinguari, no vaya a ese lugar!
-No se preocupen amigos míos.- respondió el Padre monte, muy seguro de sí mismo.- Yo no temo a la magia de los demonios Huillcas…Después de todo, yo…
Iba a decir que había sido él quien les había enseñado a usar la magia a los Huillcas, pero se interrumpió. A decir verdad, le daba mucha vergüenza recordar esa parte de su pasado, en la cual, por haber tenido compasión de la tribu de los diablillos había desatado un mal terrible en el mundo. Y se entristeció al pensar que, después de todo, era su culpa que aquellos demonios se hubieran hecho tan poderosos.
-Es que usted no entiende, señor Mapinguari- dijo un búho, quien era el más sabio y viejo de todo aquel grupo de animales- Nuestro hogar, el bosque ha sido corrompido por la influencia de los Huillcas y por eso hasta las lianas y flores que crecían en ese lugar se han convertido en entes violentos y agresivos. Si no nos hubiéramos apurado en escapar, estaríamos muertos, como muchos de nuestros compañeros, que no tuvieron la misma suerte que nosotros.
El búho ordenó entonces a los otros animales que condujeran al Padre Monte a una elevación en el terreno, desde la cual podían observar a la distancia el bosque fortaleza en donde se habían refugiado los monos guerreros. Era, en verdad un lugar espeluznante del que se desprendía un aroma a sangre y muerte y en el cual los árboles crecían hasta formar gigantescas torres rodeadas de púas, las cuales parecían estar vigiladas por seres invisibles y malignos.
Un zorro tomó una piedra y la lanzó hasta la entrada misma del bosque. De pronto, apareció un mar de lianas y arbustos espinosos, los cuales en menos de un segundo convirtieron en a la piedra polvo, dejando además numerosas marcas, parecidas a arañazos en el sendero.
-No es una fortaleza común y corriente. Es una fortaleza mágica.
-Reconozco que es muy fuerte…Pero también los dioses podemos usar la magia y realizar conjuros. Déjenmelo a mí: Yo veré la forma en la cual podremos expulsar a los demonios y devolverles sus bosque, amigos.
Pidió entonces que lo dejaran solo, puesto que necesitaba mucha concentración para realizar un conjuro especial, con el cual podría exorcizar al bosque de cualquier influencia maligna, pero que tendrían que esperar hasta el amanecer para que este hiciese efecto.
Cavó el Padre Monte un enorme agujero en el suelo, para luego trazar con sus garras un enorme círculo en su alrededor, dibujando además una serie de símbolos extraños y misteriosos.
Mientras realizaba su labor, el Padre Monte no dejaba de pensar en lo ocurrido, sintiéndose malhumorado y triste a la vez:
“Yo conozco ese hechizo…Es una de las magias que esos diablillos querían aprender de mí y yo no quise enseñárselas… Y de alguna forma, se han dado maña para aprender ese conjuro por cuenta propia…Y, claro hacer el mayor mal posible con él. Lo que no entiendo es porque esos demonios ayudan a Mancharu y a los monos guerreros…Hasta donde yo sé ellos son terribles enemigos... ¿Cómo es que ahora estos monstruos han unido fuerzas, así de repente?
Estando distraída su mente por esos pensamientos, el Padre Monte no lograba reunir la concentración suficiente para usar su magia. Fue en ese momento en el cual una vocecilla débil y casi imperceptible le habló:
-Mapinguari, espera…
-¿Quién dijo eso? ¿Quién habló?
-Estoy aquí…- dijo la voz. Mapinguari se dio media vuelta, pero no vio a nadie.
-Aquí abajo.
El Padre Monte agachó la vista, encontrándose en ese momento con un espectro de aspecto escuálido, cuyo brillo era semejante al de una llama a punto de morir.
-¡Eres un tunchi! Uno de esos diablos que viajan alrededor del mundo sembrando odios y haciendo maldades… ¿Qué vienes a hacer a aquí? ¿Es que acaso Turuncana te ha mandado para que lo ayudes?
-Por favor…- dijo el tunchi, esforzándose en alzar la voz- No piense de mí de esa forma. Cierto es que también yo soy un diablo y por mucho tiempo he servido al cruel líder de los Huillcas, Turuncana, pero le ruego que me escuche, dios del bosque…No use su magia en contra del bosque fortaleza…
-¿Por qué iba a abstenerme de usar mi magia? Fueron ustedes, diablos quienes usaron la magia y los conjuros que yo les enseñé para hacer maldades y causar desgracias…Yo debería usar esa misma magia para castigarlos…
-Espere, por favor, Padre Monte, espere…Si usted destruye el bosque fortaleza, también destruirá los espíritus de todos los Huillcas que han unido a los árboles y plantas de ese lugar. Si eso ocurre, no quedará nada de ellos, y ni siquiera Simpira podrá llevar sus almas al mundo de los muertos.
-¡Por eso yo jamás quise enseñarles esa magia! Y aún así, ustedes, demonios, la han aprendido y se han decidido a usarla para el mal. ¡No me pidas que tenga compasión ahora! Fue por haberles tenido compasión que tantas desgracias han venido ocurriendo en los últimos tiempos.
-Entiendo su enojo, Señor Mapinguari…Pero no fueron los Huillcas quienes tomaron la decisión de llevar a cabo este hechizo…Fue Turuncana, quien los engañó y se aprovechó de su confianza para obligarlos a crear esa monstruosidad. Yo lo sé, porque lo he oído de sus propias bocas…He escuchado el horrible lamento de sus espíritus…Me han dicho que Turuncana, haciéndose pasar por uno de los monos guerreros, los traicionó, prometiéndoles que si le obedecían, él les ayudaría a vengarse de los monos, quienes los convirtieron en sus prisioneros. Su dolor y su miseria son muy grandes y terribles, pero no pueden ser percibidos por los seres vivos, quienes son capaces de ver una gran agresividad y violencia…
El tunchi echó el rostro en tierra, y añadió con voz suplicante:
-¡Por favor, señor Mapinguari! Le ruego que no destruya las almas de mis amigos. Es cierto que ya es muy tarde para ellos como para que puedan redimirse, pero permita al menos que descansen en paz. ¡No use su magia en contra de ellos!
Ante semejante súplica, Mapinguari no pudo sino compadecerse, por el pobre tunchi, quien a pesar de haber sido numerosas veces despreciado por sus compañeros, ahora intercedía por ellos, para que al menos sus almas pudiesen descansar en paz.
-De acuerdo, tunchi: No usaré mi magia para destruir el bosque fortaleza. Pero ¿Qué sugieras que haga ahora? Yo les he prometido a esos animales que les devolvería su bosque. Yo le he prometido a mi amigo, el joven pastor Tata Awatiri, que rescataría a su amiga, quien aún es prisionera de los monos. ¿Cómo lo haré, sin usar mi magia?
-Las almas de mis amigos me han dicho que el bosque fortaleza tiene un debilidad…Necesita mucha concentración de parte de Turuncana para que el conjuro pueda manifestarse con toda su fuerza…Si llegase a desconcentrarse, aunque sea por un solo instante, las defensas del bosque se debilitarían y sería posible entrar al bosque.
-¿Y cómo sabremos en qué momento Turuncana se desconcentrará? Ningún animal quiere acercarse siquiera… ¿Quién de nosotros llegará hasta la parte en la cual Mancharu y Turuncana se encuentran?
- Déjemelo a mí, señor Mapinguari…- dijo el tunchi, con voz humilde- Yo soy un fantasma, y todas las trampas y golpes del bosque fortaleza pasarán a través de mí, sin hacerme daño…Así llegaré hasta el lugar en donde Turucana y Mancharu se encuentran. Cuando llegue el momento adecuado, yo le enviare una señal, para que usted pueda entrar al bosque.
Mapinguari no estaba muy seguro acerca del plan propuesto por diablillo. Mirándolo con algo de recelo, preguntó:
-¿Podré confiar en ti, pequeño tunchi? Los dioses y los demonios hemos sido desde siempre enemigos… Ya una vez traicionaron mi confianza… Yo no sé si debo creer en todo lo que me has dicho.
-Esta vez, tenemos a un enemigo común, Padre Monte: Ese bosque-fortaleza es una amenaza para todos los seres vivos…Lo más probable es que Turucana, una vez se haya vengado de los monos guerreros, convierta a la fortaleza en un arma mucho más destructiva y poderosa, capaz de destruir al mundo entero.
Por fin, luego de dudar por unos instantes, dijo:
-De acuerdo, pequeño tunchi. He decidido que voy a confiar en ti. Pero te aseguro que si estás planeando traicionarme, yo…
-Eso no pasará. Se lo prometo.
-Bien. Esto es lo que haremos.
El Padre Monte Se llevó una garra a la frente, en la cual se hizo una pequeña herida, con forma de círculo. Luego ordenó al tunchi acercarse y le ordenó untarse la sangre impregnada en su garra en su rostro.
- Soy un fantasma…No podré mancharme con esa sangre…
- Esta sangre es mágica. Podrá adherirse a ti, aunque sólo seas un fantasma.
Y así sucedió, en efecto: La cara del tunchi se quedó manchada con la sangre de Mapinguari, formando en la frente del diablillo un símbolo de forma circular.
-He unido temporalmente nuestros espíritus. Todo lo que veas y oigas, yo también podré verlo y oírlo, aunque esté a una gran distancia. De esa forma podrás alertarme en el momento en el cual Turucana se distraiga, y bajen las defensas del bosque-fortaleza.
El tunchi estuvo de acuerdo con el plan, y mientras Mapinguari permanecía escondido en las cercanías, junto con Tata Awatiri y los otros animales, el tunchi se adentró en el tenebroso bosque hechizado. Y aunque fue atacado por lianas parecidas a látigos y una lluvia de espinas, el pequeño tunchi salió ileso, porque era un fantasma.
A través del pequeño tunchi, Mapinguari pudo oír los numerosos lamentos y quejidos emitidos por los Huillcas, cuyas almas permanecían unidas las cortezas de los árboles.
“Turuncana…Turuncana…Nos ha traicionado… ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto dolor!...No puedo…No podemos…No podremos resistir…No lo controlamos…” decían los atormentados Gigantes.
-No se preocupen, amigos míos…Pronto los liberaremos…-dijo el pequeño tunchi, acariciando la corteza de uno de los árboles, del cual brotaron espinas y una savia venenosa.
“No podemos controlar…No podemos controlarlo…Turuncana…”
-Lo sé. Sé lo que debo hacer.
Y el tunchi aceleró el paso, yendo en busca de Turuncana y Mancharu.

EL MITO DEL ARCOIRIS (PARTE 6)



La Guerra de los Gigantes y los Monos

Los monos guerreros encontraron a Turuncana sentado en un inmenso trono de piedra, al pie del cual se encontraban apilados numerosos huesos de animales.
-¿Qué es lo que quieren aquí, malditas bestias? ¿No les bastó habernos vencido en Valle Eterno, que ahora vienen a molestarme en mi propia casa?
-Tal parece que fue por intervención tuya que nos hemos enemistado con los dioses. Y por ese mismo motivo, tendrás que usar tu magia y trucos para defendernos de ellos.
-No es mi culpa que ustedes sean lo suficientemente estúpidos como para ser engañados por las ilusiones de unos tunchis. Fue su tonto líder el que decidió empezar la masacre de humanos.
Y no bien dijo estas palabras, dio un fuerte salto, perdiéndose en medio de las tupidas copas de los árboles.
-¡Por culpa de tus engaños!- respondieron los monos, furiosos, yendo en persecución del líder de los Gigantes Huillcas.
Si bien los monos eran más fuertes y veloces que Turuncana, la oscuridad de la arboleda, sumada al fétido aroma de las plantas que crecían en el lugar, hacían difícil seguirle el rastro al maligno Gigante.
Llegó un momento en el cual los monos guerreros tuvieron que separarse, confiados de que esa forma les sería más fácil evitar que su enemigo escapara. Unos instantes después, se escuchó un fuerte alarido, seguido por unos gruñidos, en los cuales se transmitía una mezcla de rabia y dolor.
Los monos guerreros identificaron la voz como la de uno de sus compañeros, y rápidamente fueron en dirección al lugar de donde provenían los ruidos. Habiendo temido por unos instantes que algo malo le hubiese sucedido a uno de los suyos, sintieron un gran alivio de encontrarlo vivo, junto a lo que parecía ser un montón de barro deforme.
El mono tenía una herida en su brazo izquierdo, pero esto no parecía importarle. Sonriendo con malicia, señaló el montón de barro y dijo, con tono triunfalista:
-Turuncana ha muerto. Yo lo he matado, y este barro son los restos de su cuerpo.
Los otros monos se pusieron a dar vítores en voz alta, celebrando la victoria de su compañero. Unos instantes después, llevaron los supuestos restos de Turuncana afuera de la arboleda y los mostraron a los otros Gigantes Huillcas, diciéndoles:
-Esto es todo lo que quedó de su líder, en quien ustedes tenían puestas todas sus esperanzas. Ahora que él está muerto, ya no les queda nada más que venir con nosotros y servirnos como esclavos, si es que desean seguir viviendo.
Tras ver los restos de su líder, los Gigantes Huillcas perdieron toda esperanza de oponer alguna resistencia a los monos, siendo muy fácil para estos últimos someter a los demonios y llevárselos, convirtiéndolos en sus prisioneros.
El único que se quedó atrás, abandonado en la selva fue el pequeño tunchi que había salvado a Turuncana y a los otros Gigantes Huillcas de morir en las montañas, el cual aún confiaba que Turuncana cumpliría su promesa de darle un nuevo cuerpo, por lo cual se dedicó a seguir furtivamente a los monos guerreros, quienes ni siquiera se percataron de su presencia durante todo el trayecto de vuelta al bosque en donde les esperaba su líder, Mancharu.
Estaban muy contentos: Habían sido capaces de vencer a Turuncana a pesar del poder de sus magias y hechizos, los cuales ahora usarían para poder defenderse de Mapinguari.
Después de esa victoria, ellos se sentían seguros de vencer, al punto de creerse capaces de enfrentar a los mismos dioses.
Ellos no sabían que su peor enemigo, a quien suponían muerto, iba en medio de ellos, riendo y celebrando la derrota de los Gigantes Huillcas.
Esto es lo que había sucedido: Mientras perseguían a Turuncana en la siniestra arboleda, uno de ellos fue atacado por la espalda por el líder de los Gigantes Huillcas, el cual le había herido en el brazo. Rápidamente, el mono se dio media vuelta, dispuesto a desquitarse, pero no sabía que además, el demonio tenía preparado un terrible hechizo, el cual había desarrollado a lo largo de los siglos, y con el cual pensaba vengarse tanto de los monos guerreros como de los dioses del Cielo y la Tierra.
Este era el arco iris blanco, un conjuro a través del cual el Gigante proyectaba su espíritu en medio de un haz de luz y por medio del cual, aquel demonio podía adueñarse del cuerpo de cualquier ser vivo, para luego usarlo como si este fuera un títere.
No le importó en lo más mínimo que sus compañeros fueran hechos prisioneros, ni tampoco que hubiesen perdido la esperanza al creer muerto a su líder. Lo único que preocupaba a su mente en aquel momento era la realización de sus planes, para lo cual primero tendría que llegar hasta el lugar en donde vivía Mancharu, y en el momento en el cual este najase la guardia, usaría el arco iris para adueñarse de su mente y cuerpo.
Gracias a su hechizo, ahora pasaba desapercibido en medio de los monos guerreros, quienes no se habían percatado de su presencia, y junto a ellos, llegó hasta el bosque en donde los esperaban Mancharu y la princesa Chirapa, quien seguía estando prisionera en el interior del árbol hueco.
-Señor Mancharu-Dijeron los monos- Hemos cumplido con nuestra misión. Hemos traído a los Gigantes Huillcas., tal como nos ordenaste. Era cierto lo que nos dijiste: El demonio Turuncana aún seguía vivo, pero le hemos vencido y dado muerte. Mira, aquí están los restos de lo que una vez fue nuestro odiado enemigo.
Mancharu observó con cierto recelo el montón de barro seco en el cual supuestamente se había convertido el líder de los Gigantes Huillcas.
-¿Dicen que Turuncana está muerto? ¿Y estos son sus restos?
Olisqueó el montón de barro, y luego dio un bufido de desprecio.
-¿Quién de ustedes fue le que lo mató? Que dé un paso al frente.
El mono que había sido poseído por Turuncana se adelantó a los otros, intentando mostrarse calmado y orgulloso de sí mismo por haber sido capaz de vencer al líder de los Huillcas. Sin embargo, no pudo evitar sentir algo de temor ante la posibilidad de que el engaño se descubriera. Y sin embargo, Mancharu no pareció percatarse de algún cambio en su actitud.
-Bueno… ¿Y qué es lo que te pasa a ti? ¡Muéstrate un poco más feliz, amigo! Nuestro enemigo ha muerto. Ahora sus seguidores son nuestros esclavos. ¿Por qué no sonríes y celebras como tus compañeros?... ¿Por qué…?
Tras un silencio incómodo, el líder de los monos guerreros gruñó en forma amenazante:
-¡Yo sé porque no ríes, ni celebras! ¡Y tampoco lo deberían hacer ustedes, estúpidos!
Los otros monos se quedaron muy asustados y sorprendidos. Por un momento, Turuncana temió haber sido descubierto. Entonces, Mancharu dijo:
-Nuestro amigo no se ríe ni celebra, porque todavía no es el momento para hacerlo. ¿Oyeron bien, estúpidos? No podemos perder tiempo. ¡Ni un solo segundo siquiera! Aquel monstruo que mató a dos de los nuestros en la ciudad de piedra debe estar buscándonos aún. ¡Necesitamos preparar nuestra defensa, una trampa, algún hechizo que nos permita defendernos de su ataque! Ordenen a los Huillcas hechizar este bosque. Hagan que estos demonios conviertan nuestro hogar en una fortaleza, en donde no pueda entrar ningún dios o espíritu. ¡Ahora mismo!
No bien recibieron la orden, los monos se llevaron aparte a los Gigantes, para que estos hechizaran el bosque tal como Mancharu les había ordenado, mientras este se iba al lugar en donde se encontraba encerrada la princesa, para vigilarla. En medio de esta situación Turuncana vio una contrariedad para la realización de sus planes, pues no pensó que los monos tuvieran algún enemigo tan fuerte que incluso Mancharu temiera. Y supo entonces que este sólo podía ser un dios.
A pesar de que los Gigantes conocían numerosos hechizos, ninguno resultaba suficiente para alcanzar lo que los monos aspiraban. Viendo en peligro el avance de sus planes, el líder de los Huillcas decidió intervenir: Esperó la llegada de la noche para poder hablarles a los Gigantes prisioneros y mientras los otros monos permanecían dormidos, se reveló como su líder, Turuncana.
--¿Cómo es esto posible? Creímos que te habían matado…
-Engañé a estas bestias estúpidas usando uno de mis hechizos. Ahora yo soy quien posee la fuerza de un mono guerrero… Fingí mi muerte para poder despistarlos y que nos condujeran su guarida, para así estar cerca de Mancharu y adueñarme de su mente.
-¡Qué magnífico plan, Turuncana!- Le respondieron los otros Huillcas- Pero… ¿Cómo es que no has hecho nada todavía?
-Precisamente por eso vine a hablarles, mis fieles gigantes. Mancharu y los otros monos están tensos y en estado de alerta, esperando que convirtamos este bosque en una fortaleza en la cual puedan defenderse de sus enemigos. Necesitamos llevar a cabo sus deseos para que se calmen y se queden confiados…En ese momento me será mucho más fácil adueñarme de la mente de Mancharu…Yo les prometo que una vez lo haya conseguido, los liberaré y les enseñaré el mismo conjuro que yo usé para adueñarme de la mente de este mono guerrero…Pero por ahora deben hacer lo que yo les digo y mi orden es que conviertan este bosque en una fortaleza.
-¡Pero es que no queremos esperar tanto, Turuncana! Enséñanos el mismo hechizo que usaste para adueñarte del cuerpo de ese mono guerrero para que nosotros hagamos lo mismo y nos venguemos de esas bestias.
-¡No, no! Eso no es posible…Es un hechizo muy complicado, tardaría mucho en enseñárselos… Además habría consecuencias terribles si no se hace bien…Me molestaría mucho tener que perder a más compañeros míos…Es mejor esperar y fingir que haremos lo que ellos nos ordenan.
-¿Y Qué es lo que podemos hacer, Turuncana? Ninguno de nuestros hechizos es capaz de hacer lo que los monos nos piden.
-No se preocupen por ello, amigos míos… Yo sé de un hechizo que podrá ayudarnos y que es muy fácil de aprender…Sólo deben hacer lo que yo les digo…
Turuncana les ordenó entonces que hicieran un agujero en la tierra, en el cual debían enterrar sus piernas.
- Ahora deben hacerse una abertura en el pecho, con sus puños. Deben dejar que sus espíritus abandonen poco a poco el cuerpo de barro y roca…No se preocupen, porque después me ocuparé de que cada uno de ustedes tenga el cuerpo de un mono guerrero.
Los Huillcas hicieron tal como su líder les había indicado: En aquel momento sintieron un dolor indescriptible, mucho más terrible que cualquier otro dolor que pueda sentirse en este mundo. En aquel momento, Turuncana pronunció una serie de palabras en un idioma desconocido, al tiempo que sus manos se movían en forma extraña, como si estuviese realizando una especie de conjuro.
Entonces una intensa luz fosforescente emergió del mismo interior de los Huillcas, los cuales dieron un espantoso alarido y hubo un fuerte terremoto. Parecía como si todos los árboles se hubiesen de acuerdo para desprenderse de sus raíces y ponerse a caminar, pero en vez de eso, crecieron hasta alcanzar un tamaño descomunal, mientras que del suelo emergían una serie de formaciones rocosas, semejantes a los muros de una fortaleza.
Las lianas se desprendieron de las ramas de los árboles y conformaron una enorme barrera verde, que se extendía alrededor de todo el bosque, dando latigazos y golpes a todas las criaturas que habitaban en el lugar que no fueran integrantes del grupo de los monos guerreros. Por esa razón, todos aquellos animales y espíritus tuvieron que abandonar el bosque, tras haber sido violentamente expulsados por el conjuro realizado por Turuncana, sin más opción que observar a la distancia como su hogar se convertía en una monstruosa e impenetrable fortaleza, alrededor de la cual sobrevolaban los espíritus de los Gigantes Huillcas.
-¿Qué nos has hecho Turuncana?- Alcanzaron a gritar los espíritus de los Huillcas, con un hilo de voz, pero al instante todas sus voces se esfumaron, adhiriéndose sus espíritus a los troncos y las ramas de los árboles.
Los monos guerreros quienes habían despertado durante el terremoto, observaron mudos de asombro como su refugio se convertía poco a poco en un imponente castillo de aspecto amenazante, en el cual vagabundeaban duendes, demonios y espíritus en pena.
-¿Qué esta pasando aquí? ¿Qué es lo ocurre?- se preguntaron, desconcertados.
Recién entonces se percataron los monos de la ausencia de unos de sus compañeros, y atravesaron el bosque en su búsqueda, encontrándolo junto a los cuerpos sin vida de los Gigantes Huillcas, cuyas piernas estaban enterradas en el suelo. Ante las miradas interrogantes de Mancharu y los monos, Turuncana simplemente respondió:
-Los convencí de que unieran sus espíritus al bosque, por eso es que se convirtió en una fortaleza. No fue muy difícil.
Y añadió a su declaración una sonrisa burlona, que desconcertó a sus compañeros, quienes no estaban seguros de que sería lo que ocurriría a continuación.

EL MITO DEL ARCOIRIS (PARTE 5)



La Búsqueda de Tata Awatiri


Así fue como el pastor Tata Awatiri partió en busca de la princesa Chirapa, montado en el poderoso Padre monte, Mapinguari, el cual recorrió las diferentes planicies que conformaban el mundo con la velocidad del rayo.
En ningún momento decayó en el corazón de Tata Awatiri la certeza de que podría volverse a encontrar con la princesa y aún en los momentos en los que el mismísimo Padre Monte parecía estar a punto de perder la esperanza, el pastor mantuvo vivas sus esperanzas.
Una noche, un poco tiempo después de haber iniciado su viaje, tuvieron un breve encuentro con Simpira, el rey del mundo amarillo, despertándolos con su aparición nocturna.
-¡Mapinguari! ¿Qué haces en este solitario lugar? ¿Sigues entrometiéndote en los asuntos de los humanos? ¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo?
Cansado como estaba en aquel momento, el Padre Monte respondió con un mal humor que no era habitual en él.
-¿Y qué te importa a ti lo que yo haga o deje de hacer con mi tiempo?- refunfuñó Mapinguari, para diversión de Simpira.
-Tú carácter no ha cambiado mucho desde nuestro último encuentro, por lo que se ve- rió el rey del mundo amarillo- ¡Y como desearía yo que no me importara en lo más mínimo lo que haces o dejas de hacer! Así viviría más tranquilo y con el corazón en paz, sin preocuparme por nada que no sea recoger las almas de los muertos.
-Pues no te preocupes y dedícate a tus almas, que yo me dedicaré de los vivos.- gruñó el Padre Monte, aún fastidiado por el hecho de que Simpira lo hubiese despertado.
-Deja de gruñir, bestia perezosa. Si he venido aquí es para ayudarte a ti y a ese humano que cuidas como si fuera tu hijo. Escuchen bien lo que yo voy a decirles, porque yo sé en donde viven Mancharu y los monos guerreros, y a que lugar se han llevado a la princesa Chirapa.
El mal humor de Mapinguari se convirtió instantáneamente en un fuerte entusiasmo.
-¿Lo sabes? ¡Dinos, pues, en donde está! Hemos estado buscando durante días, sin descanso…
Simpira rió.
-Ahora no te oyes tan insolente, ¿Verdad, Padre Monte? Aún así te ayudaré, porque te veo desesperado.
Y dándose media vuelta, dio entonces un fuerte rugido en dirección a la oscuridad nocturna.
-¡Ven y aparece, bestia insensata! –Ordenó Simpira, con fiereza-Diles a ellos lo que mismo que me dijiste a mí.
Hubo un silencio espectral, y por un instante Mapinguari y Tata Awatiri tuvieron la impresión de que habían dejado de existir y que habían pasado a un plano de existencia en donde no existía el tiempo, por lo que los segundos que ocurrieron antes de que el espectro convocado por Simpira se materializase les pareció una eternidad.
Sin embargo la impresión se rompió en el momento en que ellos escucharon el lamento agudo y quejumbroso, propio de un alma en pena. Y unos instantes después, apareció ante ellos, de la nada, uno de los monos guerreros.
Mapinguari se puso en guardia, dispuesto a atacar, pero Simpira le detuvo.
-Fíjate bien, Mapinguari. ¿No lo reconoces?
En ese momento el Padre Monte se dio cuenta de que el cuello de la aparición estaba ligeramente hecho a un lado, mientras que en sus hombros tenía unas enormes cicatrices hechas por garras.
-Esas cicatrices…Fueron hechas por mí…- Dijo el padre Monte, muy extrañado por la situación.
-No te asombres, Mapinguari. Recuerda que mi dominio son las almas y espíritus, y no sólo los de los seres humanos. Este es uno de los monos guerreros a quien tú mataste en la ciudad de Chhanka …Su crueldad bien lo hacía merecedor del infierno, pero a causa de la orden de Ticci-Viracocha, no tuve más opción que volverlo parte de mi séquito de bestias.
Miró entonces, con desprecio al espíritu del mono guerrero derrotado, y le ordenó nuevamente:
-¡Habla de una vez, estúpido monstruo!
El mono guerrero tembló y agachó la cabeza, como un niño a quien le reprenden. Parecía cómico que un ser de aspecto tan imponente le tuviera miedo a Simpira, quien a pesar de ser un dios, era apenas la mitad del tamaño de aquel primate.
Sin embargo, ni a Tata Awatiri ni a Mapinguari les hizo gracia aquel cuadro, llegando a sentir cierta lástima por el monstruo, quien a pesar de haber sido en vida un malvado, claramente estaba sufriendo bajo el control de Simpira.
-Los humanos son malos…No debo ayudarles…-Dijo, con un hilo de voz…
-¿Deseas que haga más profundas las heridas de tu cuerpo? Aunque seas espíritu y no puedas morir, igual puedes sufrir por toda la eternidad.
Mapinguari quiso intervenir, pero Simpira le dirigió una mirada llena de furia y frialdad, como advirtiéndole que no debería intervenir.
- Su espíritu me pertenece, y seré yo quien decida su suerte Mapinguari. Tal vez puedas entrometerte en los asuntos de los hombres, pero no en mis dominios. Así que déjame hacer…
-No tendrías que ser tan cruel…
-¿Necesito recordarte que fuiste tú quien lo mató? En todo caso, recuerda que no puedo enviarlo al infierno…Permite al menos que su alma reciba un poco de castigo por su maldad.
Mapinguari se quedó callado, incapaz de responder a las palabras dichas por Simpira. El rey del mundo amarillo siguió hostigando al mono guerrero, hasta que este, cansado ya de recibir amenazas y mordiscos, habló:
-El señor Mancharu y mis compañeros tenían pensado volver a nuestro antiguo refugio, en donde vivíamos en el tiempo previo a la gran inundación. Íbamos a llegar a nuestro destino al cabo de unos días…Pero Mancharu vio la ciudad y…no quiso esperar para destruir a los hombres…Ese bosque es el único hogar al que podemos volver…Por favor, nobles dioses…No lo destruyan para castigarnos por nuestras acciones…
-¿Tú que jamás has tenido piedad con ningún ser vivo nos pides compasión a nosotros?- preguntó Simpira, burlón.
-No destruiremos ningún bosque.- Dijo Mapinguari, con firmeza.- Los dioses no somos vengativos ni crueles como ustedes lo son. Incluso perdonaríamos la vida de Mancharu si este aceptase devolver con vida a la princesa…
-La princesa está viva…- dijo el espíritu del mono derrotado.- La princesa de la ciudad de piedra aún está con vida, lo juro…
-¿Cómo sabes eso?- preguntó Tata Awatiri.
El mono guerrero no respondió de inmediato, sino que permaneció unos largos instantes en silencio. Por fin, se dignó a hablar.
-Lo sé porque nuestro líder Mancharu, está enamorado de ella. No la mató para tenerla como rehén, sino porque quería tener a esa joven para sí, como su propiedad.
El espíritu del mono guerrero les explicó que en el momento en que habían comenzado la destrucción de la ciudad, Mancharu había encontrado a la princesa Chirapa y a su madre, huyendo del palacio. En ese momento, el secuaz de Mancharu había advertido un repentino cambio en la actitud de su líder, quien en vez de matarlas, las encerró dentro de una fortaleza vacía, colocando una enorme piedra en la entrada de esta, para que no pudiesen escapar, ordenando a los otros monos guerreros no intentar hacerles daño a ninguna de las mujeres, pues de lo contrario, él los mataría. Luego afirmó que si bien la vida de los otros habitantes de la ciudad les pertenecía, la de aquellas dos mujeres era exclusivamente su propiedad. Ninguno de los monos entendió la razón de esta actitud, y pensaron que Mancharu tenía pensado conservar la vida de aquellas dos mujeres para usarlas luego en su plan para eliminar a los seres humanos, aunque más de uno sospechaba que había otra razón de por medio, que rehusaron admitir.
En el momento en que Mapinguari llegó a la ciudad, ellos emprendieron la retirada, y Mancharu se llevó a la princesa consigo, dejando atrás a la madre de esta.
-Mancharu se encaprichó de ella… ¡Miren lo malvados que son los humanos! Se han atrevido incluso a tentar nuestro nobilísimo líder con belleza para inducirlo al error y a… ¡Perdonarle la vida, incluso! En verdad que merecían que se los mate.
-¡Cállate!-rugió Simpira- No hables de más…Responde sólo aquello que se te ha preguntado.
El espíritu del mono guerrero les indicó entonces el camino que debían tomar para llegar al bosque en donde vivían los monos guerreros, para lo cual tendrían que cruzar una cadena de montañas y nevados.
Cuando el espíritu del mono guerrero terminó de darles las instrucciones, Simpira ordenó que ya era la hora en que debían volver al mundo de los espíritus. Con tristeza y resignación, el monstruo siguió a Simpira, quien se despidió de Mapinguari y de Tata Awatiri antes de perderse en la oscuridad de la noche.
-¡Adiós, padre Monte! ¡Cuida bien al hijo de hombres que has adoptado como tuyo!- gritó, a la distancia.
Una vez desapareció, Mapinguari decidió que debían partir con la llegada del amanecer, puesto que el tiempo apremiaba.
Por su parte, Mancharu y los monos guerreros, refugiados en el bosque en el cual habían vivido en los tiempos antes de la gran inundación, pensaban en que forma podrían esconderse de Mapinguari, quien tarde o temprano llegaría hasta el lugar en donde estaban ellos.
-Este bosque no nos brindará protección suficiente para defendernos de esa bestia. Tarde o temprano llegará y nos matará. ¿Qué podemos hacer?
Mancharu, quien había encerrado a la princesa dentro de un árbol hueco para evitar que se escapara, sugirió el siguiente plan:
-Los Huillcas a quienes derrotamos hace siglos podrían sernos útiles. Ellos aprendieron numerosos trucos y hechicerías de los dioses. Debemos encontrarlos y obligarnos a usar su magia para nosotros.
-Es imposible que los encontremos…Ellos quedaron casi muertos luego de enfrentarse con nosotros. Huyeron hacia unas montañas cubiertas de nieve, pero lo más probable es que hayan muerto durante la travesía.
-No creo que todos los Huillcas hayan muerto todavía. Esos demonios son muy astutos, como para dejarse morir así de fácil. Además…Está aquel tunchi…Ese diablillo que nos molestó tanto durante un tiempo, y después simplemente desapareció… ¿No sería posible que ellos planeado todo esto?
Mancharu ordenó entonces a un grupo de monos guerreros, los más veloces y hábiles entre todos ellos, que fueran en busca de los tunchis, porque estaba seguro que a través de ellos podrían dar con el paraderote los Gigantes Huillcas. El resto de ellos se quedaría a resguardar el bosque, y se encargarían de prevenir a los enviados de Mancharu si es que Mapinguari llegase a su refugio antes que ellos.
Partieron así los monos guerreros en busca de algún tunchi que pudiese guiarlos hasta el lugar en donde estuviesen los Gigantes Huillcas, recorriendo el ancestral camino que los llevaría hacia Valle Eterno, el lugar en donde había tenido el primer enfrentamiento con los demonios.
No repararon en ninguna ciudad que estuviese en medio del camino, puesto que era más importante para ellos hallar a quien pudiese ayudarlos a defenderse de Mapinguari, y al cabo de unos días llegaron a las montañas heladas en donde habían perdido el rastro a los Gigantes Huillcas.
Fue así como, durante la noche encontraron, escondidos en unas cavernas, a un grupo de tunchis, quienes se refugiaban de una fuerte ventisca. No bien llegaron, los monos guerreros interrogaron a los diablillos, preguntándoles en que lugar se habían escondido los Gigantes Huillcas.
Al principio los tunchis se burlaron de los monos guerreros, porque por más fuertes que fueran, no podrían hacerles ningún daño, por ser ellos fantasmas. Fastidiado por su arrogancia y por sus burlas, los monos abrieron a fuerza de golpes la pared de roca de la caverna, dejando abierta una entrada al frío y la nieve. Y los tunchis, mucho más susceptibles que los monos a las bajas temperaturas, empezaron a temblar de frío y sus pies se congelaron.
-¡No tenían derecho! Esa caverna era nuestro único refugio…
-Debieron haber respondido de inmediato a nuestras preguntas.- dijeron los monos, burlones- Si saben algo de los Huillcas, díganoslo ahora, o dejaremos que se congelen y se mueran.
Los tunchis les respondieron que habían oído hablar de algunos compañeros suyos que habían viajado en rumbo a al selva en donde ellos habían vivido mientras habían tenido un cuerpo sólido, porque, aseguraban ellos, su líder Turuncana había vuelto para unificar a todos los diablos nuevamente, y darles a cada uno de ellos un nuevo cuerpo, si es que ellos aceptaban ayudarles. Se habían enterado tardíamente de esta noticia, porque no estaban seguros sí debían emprender o no tan largo viaje, pero finalmente habían decidido a aventurarse a ir hasta aquel lugar, confiados en que Turuncana podría ayudarles.
- Así que aún está vivo ese diablo…- ¡Vayamos por él!- dijeron los monos, saltando de montaña en montaña, dejando a los tunchis atrás, congelándose en medio de la nieve.
Los tunchis, al ver como los monos guerreros se alejaban sin ayudarles, los maldijeron, vaticinándoles que en el momento en el cual ellos encontrasen a Turuncana, morirían.
Luego de pronunciar su maldición, los tunchis quedaron convertidos en bloques de hielo sólido, los mismos que empezaron a resquebrajarse y se rompieron en pedazos azotados por el furioso viento de las montañas.
Por su parte, los monos guerreros llegaron a la selva en donde supuestamente Turuncana y los Gigantes Huillcas se habían refugiado. Tras recorrer el lugar por un día entero, dieron con los Huillcas, a quienes sometieron fácilmente, a pesar de sus trucos y hechicerías.
Una vez derrotados, los Gigantes Huillcas fueron obligados por los monos guerreros a llevarlos al lugar en donde su líder permanecía escondido: Una oscura arboleda, en donde no crecían sino una serie de árboles y plantas con aspecto monstruoso. Aún así, los monos no se dejaron intimidar, sino que se adentraron en el lugar, convencidos de que podrían ganarle fácilmente.
Pero ninguno de ellos sabía que el líder de los Huillcas ya había presentido su llegada, y tenía una trampa preparada para ellos.

martes 8 de diciembre de 2009

EL MITO DEL ARCOIRIS (PARTE 4)

El ataque de Mancharu


No bien los soldados y el cacique Quiché se alejaron lo suficiente, los animales empezaron a discutir entre ellos:
-¡Se han llevado a nuestro hermano, el pastor Tata Awatiri! ¿Qué debemos hacer?
-¡Ir en busca de Mapinguari, por supuesto!- dijo Q'achi, el colibrí amigo del pastor, con voz decidida- Hay que volver a los montes, y llevarle la noticia. Una vez se entere de lo que le ha pasado al chico al que quiere como si fuese su cachorro, vendrá corriendo hasta esta ciudad, y lo liberará de la prisión en la que lo han encerrado esos malvados. Él es muy fuerte, nadie puede con él.
-Pero… - respondió un roedor de ojos saltones-¿Quién se atreverá a viajar a través de los terribles caminos que nos condujeron hasta este valle, sin la guía de nuestro amigo, el pastor? Pues el sendero que conduce hasta el hogar del padre monte está lleno de fieras y espíritus malignos durante la noche, y sólo fuimos capaces de sobrevivir porque Tata Awatiri era nuestro guía. ¡Si ahora nos vamos, de seguro moriremos!
-¡Moriremos!- corearon los otros, aterrados de sólo pensar en tener que recorrer el camino de vuelta hacia el bosque.
-Y entonces ¿Qué? ¿Vamos a dejar que nuestro amigo permanezca encerrado?
-Tienes que entender, Q'achi: Estamos asustados y ninguno de nosotros tiene dones para el combate. Aunque quisiéramos emprender el viaje hacia la morada del señor Mapinguari, moriríamos en el trayecto.
-¡O sea que piensan quedarse en este valle sin hacer nada por nuestro amigo! ¡Son unos cobardes!
-¡Tú también te asustaste, Q'achi!- Le recriminaron los otros animales que acompañaban a Tata Awatiri- te asustaste y te escondiste de esos hombres, porque te diste cuenta antes que Tata Awatiri de que eran hombres malos.
-Cierto es lo que dices- respondió el colibrí- Y en verdad, me arrepiento de no haber intervenido. Pero las cosas son así: Quiso el Creador que no tuviese ningún don para la pelea. Pero no me quedaré como ustedes, animales pusilánimes, esperando sin hacer nada por ayudar a Tata Awatiri. Aunque tenga que ir solo, volaré hasta la casa del señor Mapinguari. El que quiera, que venga conmigo. El que no… ¡Que se quede esperando pues!
Q'achi extendió las alas y emprendió el vuelo en dirección hacia la morada de Mapinguari, dispuesto a recorrer todo el camino de regreso al monte. Al darse media vuelta, comprobó que ninguno de los animales había tenido el valor de seguirlo, sino que permanecieron en su escondite, quietos, sin hacer el menor ruido.
“Esos cobardes” pensó Q'achi, un tanto resentido. “¡Pero es mejor que no vengan! No harían más que estorbarme. Yo sólo puedo volar más rápido y más lejos que acompañado por una manada de animales melindrosos.”
Y agitando sus hermosas alitas cuyas plumas tenían en el mismo color del cielo, la pequeña ave voló en dirección hacia la morada del Padre Monte, sorteando numerosos peligros en el camino.
Mientras tanto, en el palacio de la ciudad de Chhanka, la princesa Chirapa rogaba a su madre, una noble y anciana reina, por la vida del joven prisionero que afirmaba haber convivido con los dioses de la tierra, pidiéndole que intercediera por él ante su padre, el implacable jefe de la ciudad.
-¡Por favor madre! Tienes que salvarle. Dile a mi padre que Tata Awatiri no es nuestro enemigo, o de lo contrario, mi padre lo mandará a ejecutar esta misma noche en honor a los dioses de Chhanka.
-Mi dulce hija…Sabes bien que haría cualquier cosa que estuviese en mis manos para poder complacerte…Pero tu padre se ha vuelto un hombre terco y de corazón duro con el pasar de los años…Aunque tratase de hablar bien de tu amigo ante él, lo más probable es más que me rechazaría, aferrado su idea de que cualquier persona que no fuese natural de Chhanka es un enemigo de la ciudad y de sus habitantes.
Chirapa apoyó su hermoso rostro, bañado en lágrimas sobre el hombro de su madre.
-¿Por qué tiene que ser así madre? Ese joven es el único amigo verdadero que yo tengo en el mundo, y hoy mismo va a morir, sin que yo pueda hacer nada por impedirlo… ¿De qué me sirve ser la princesa de este reino? ¿De qué sirven la belleza, el oro y el lujo, si no tengo la libertad de querer a la persona que mi corazón escoja?
-No hables así hija mía, no hables así. Bien sabes lo corta y frágil que es la vida de los humanos: Uno no puede aspirar a tener todo en la vida y debe más bien agradecer por lo que tiene.
-¿Y si lo que uno tiene no es aquello que verdaderamente le importa?
La anciana reina no se atrevió a responder. Silenciosa y en forma compasiva se dedicó a escuchar los lamentos de su hija, intentando inútilmente consolarla.
Esa misma noche, Mancharu y los monos guerreros, quienes recorrían el mundo, aún empeñados en asesinar a todos los hombres y destruir sus ciudades, llegaron al valle, dispuestos a descansar.
Más no tardó mucho el cruel líder de los monos en darse cuenta que también en ese hermoso lugar se habían asentado los hombres, construyendo además una imponente ciudad para resguardarse del ataque de sus enemigos, ya fueran estos hombres o animales.
-¿No les dije, hermanos, que los hombres eran una plaga terrible para este humano? Miren como arruinan hasta el más hermoso de los valles con su sola presencia. Vayamos a la ciudad y destruyámosla; enseñémosle a esos gusanos su insignificancia y bajeza, destruyámoslos, así como ellos destruyen bosques y valles para erigir sus viviendas de piedra.
Desde los muros de la ciudad, los vigías divisaron a Mancharu y al ejército de monos acercándose, por lo que corrieron a avisar al cacique Quiché y a los hombres que conformaban su ejército sobre la inminente amenaza que se cernía sobre la ciudad.
-Tendremos que abandonar la ciudad y llevarnos a nuestras mujeres e hijos con nosotros… -sugirió uno de los generales al servicio del cacique Quiché- No veo otra salida.
-No- respondió el cacique, con firmeza. Nos quedaremos y defenderemos nuestra ciudad. No vamos a permitirle a ninguno de esos demonios arrebatarnos todo aquello por lo que hemos luchado por tantos años.
-Pero…Mi señor… ¿Cómo podremos hacer frente a Mancharu y al ejército de monos? Hasta ahora ninguna ciudad ha sido capaz de resistir su ataque…
-Pues nosotros seremos los primeros. ¡Preparen a nuestros hombres! Que todos aquellos que sepan manejar el arco y las flechas vayan a la muralla. Mantendremos a esas bestias lejos de Chhanka.- ordenó Quiché.
Los hombres obedecieron, confiados plenamente en el criterio del soberano, pero la resistencia ofrecida por los guerreros defensores de Chhanka en contra de los monos no fue suficiente para detenerlos: Por más flechas que les lanzasen (Algunas con fuego, otras envenenadas) estas no parecían haberles hecho el más mínimo daño, ni tampoco haber menguado sus intenciones de reducir Chhanka a escombros, tal como los desafortunados hombres que estaban en la muralla pudieron comprobar, perdiendo sus vidas en el proceso.
-¡Mancharu ha entrado a Chhanka!- gritó el único soldado sobreviviente, el cual corría como un loco a través de la ciudad-¡Abandonen la ciudad! ¡Corran y sálvense!
El cruel mono rió al ver como los habitantes de la ciudad huían, aterrados. Rió más, aún, al presenciar los desesperados esfuerzos hechos por parte de los hombres que se interponían en su camino, intentando darle un poco más de tiempo a sus familiares y amigos para poder huir.
Al monstruo le divertía ver el sufrimiento y dolor de los seres humanos, luego de haber cometido numerosos asesinatos, su corazón se había envilecido y se había vuelto semejante a los demonios.
En medio de aquella gran destrucción, Tata Awatiri, encerrado en una mazmorra, se preguntó que podría estar pasando en la ciudad. Al oír los gritos desesperados de los habitantes a la distancia, temió lo peor y se lamentó de no poder hacer nada para poder ayudar a esas personas, en especial a su nueva amiga, la princesa Chirapa, de quien se había enamorado.
Se arrodilló en el piso e hizo la siguiente súplica en voz alta:
-¡Señor Ticci-Viracocha, Gran Creador! Por favor escucha mi ruego: ¡Salva a los habitantes de esta ciudad de lo que sea que esté haciéndoles daño!
En ese momento hubo un fuerte temblor. Escuchó gruñidos, semejantes a los de los animales feroces de la selva. Uno de ellos le pareció familiar. Al instante, lo reconoció: ¡Era Mapinguari! Había llegado a Chhanka.
Lo que había sucedido es que Q'achi, el colibrí, se había arriesgado a emprender el viaje de regreso al monte, en busca de Mapinguari, a fin de que este pudiese ayudar a su amigo, Tata Awatiri, quien había sido hecho prisionero.
Exhausto, el pequeño colibrí llegó al refugio de Mapinguari al anochecer, y antes de quedarse inconsciente a causa del gran esfuerzo realizado, alcanzó a decirle al Padre Monte:
-¡Tata Awatiri te necesita! Está prisionero en una ciudad ubicada en un valle más allá del desierto.
Mapinguari se puso en estado de alerta al recibir las noticias; y luego de dar de beber al pequeño colibrí unas gotas de rocío para reanimarlo, le pidió que le indicase el camino que debía tomar para ir a la ciudad en donde Tata Awatiri estaba prisionero.
Así fue como Mapinguari emprendió su viaje en rumbo hacia Chhanka, corriendo con toda la velocidad que sus patas le permitían. Y puesto que él también era un dios, pudo recorrer en unos breves instantes una gran distancia, llegando a la ciudad en el momento en el cual Mancharu y los monos estaban atacando la ciudad.
-¡Por el Creador!- gritó Mapinguari, alarmado- ¡Esos monstruos están aquí! ¡Será mejor que me apure para poder llegar esta vez a tiempo!
Y esta vez, Mapinguari si llegó a tiempo para detener a los monos, en el momento en el cual uno de ellos se proponía a descargar su puño sobre una mujer que huía en compañía de sus dos hijos. El Padre Monte tomó del brazo al cruel mono y lo lanzó hacia una de las montañas que rodeaban la ciudad, empotrándola contra un muro de rocas.
Ninguno de los habitantes de Chhanka sintió alivio luego de haber presenciado la intervención de Mapinguari : Para ellos, que toda su vida habían vivido sin saber nada acerca de dioses y de espíritus benéficos, Mapinguari era un monstruo más del cual debían huir. Este no hizo el menor caso de los insultos y gritos de horror a causa de su presencia, sino que recorrió la ciudad, en busca de Tata Awatiri.
Por fin, luego de unos instantes, Mapinguari encontró a unos monos que se divertían atormentando a un grupo de hombres que se habían escondido dentro de un enorme edificio con muros de roca, semejante a una fortaleza. Mapinguari supuso que esa era la prisión en la cual estaba encerrado Tata Awatiri, por lo cual apartó a los monos de un manotazo y echando abajo los muros de piedra, dio con la celda en la cual estaba recluido el joven pastor.
Tata Awatiri estaba fuera de sí a causa de la alegría que sentía por haberse reencontrado con Mapinguari, y luego de abrazarle, le dijo las siguientes palabras:
-¡Gracias al Creador que estás aquí, padre Monte! El señor Ticci-Viracocha escuchó mi rezo.
Mapinguari se extrañó al oír aquel comentario, pero un fuerte golpe en la espalda le recordó que los monos guerreros aún estaban allí, y estaban furiosos porque Mapinguari había interrumpido su diversión.
-¡Bestias insolentes!- gruñó Mapinguari, quien, tomando a los dos monstruos por el cuello, consiguiendo ahogarlos al instante.
Uno de los monos, al ver como habían sido muertos sus dos compañeros por aquel personaje desconocido (Puesto que los monos guerreros jamás habían tenido la oportunidad de conocer al padre Monte en persona) se quedó muy sorprendido y aterrorizado, por lo que corrió a avisar a Mancharu y sus compañeros sobre este nuevo y poderoso enemigo.
-¡Mapinguari! Tenemos que ayudar a la gente de esta ciudad- dijo Tata Awatiri aferrado al lomo del padre Monte- ¡Si no lo hacemos estos monstruos los asesinaran!
-Lo sé…- respondió Mapinguari- No permitiré que ninguno de estos monstruos mate a ningún ser humano.
Al instante llegaron hasta el lugar en donde ellos se encontraban Mancharu y los otros monos, pudiendo comprobar que, en efecto, sus dos compañeros habían sido muertos a manos del Padre Monte, por lo que se enfurecieron muchísimo y sintieron deseos de matar a Mapinguari.
Ya iban a abalanzarse sobre él, pero Mancharu no se los permitió. Él, que se sentía que los de su especie eran las criaturas más fuertes sobre la tierra, jamás se imaginó que pudieran ser muertos de esa forma. Reconoció en la hazaña una intervención divina, por lo que ordenó a los monos guerreros irse de la ciudad.
-¿Acaso no piensas vengar a nuestros compañeros muertos, Mancharu?- protestó uno de los monos.
-¡Cállate! – Gritó Mancharu- No es este el momento ni el lugar. ¡Vámonos ahora mismo!
Sin embargo, Mapinguari se interpuso, impidiendo a los monos huir.
-No voy a dejarte escapar, demonio. Si tú te vas, seguirás matando a los humanos. Así que voy a enfrentarme a ti.
-¿Y qué te importa a ti si yo mato a los humanos?- preguntó Mancharu con desprecio- Míralos: Ellos huyen de ti, a pesar de que tú eres el único que ha salido en su defensa. ¿Por qué gastar fuerzas en ellos?
-Insensato- Le reprochó Mapinguari- ¿Quién eres tú para juzgar a otros seres vivos luego de haberte portado en una forma tan cruel con los seres humanos? ¿No te escogió precisamente a ti el Creador, Ticci-Viracocha, para que protegieras a todas las otras criaturas más débiles?
Al oír el nombre de Ticci-Viracocha, Mancharu se asustó, porque consideraba que los dioses ya habían dejado de intervenir en los asuntos de la tierra, por lo que su conciencia ya no le reprochaba nada luego de haber cometido tantas atrocidades. Sin embargo, el cruel líder de los monos guerreros no estaba arrepentido, sino que intentó justificar sus acciones, mientras retrocedía lentamente:
-Tú no entiendes…Los humanos son malos y peligrosos, como los diablos. Si los dejamos crecer y hacerse fuertes, destruirían todos los bosques y valles y convertirían el mundo en un desierto. ¡Yo y mis monos nos dedicamos a matar a los seres humanos por el bien de las todas criaturas!
-¿Dices que matas por el bien de los otros? Lo que yo he visto es que ustedes, despreciables monos, se han estado divirtiendo a costa del sufrimiento de los seres humanos. ¡Eres tú, Mancharu, quien es semejante a los demonios! ¡Por tus maldades los hombres han dejado de creer en la bondad de Ticci-Viracocha, y por eso mismo yo voy a acabar contigo aquí y ahora!
Mapinguari alzó en alto sus enormes brazos, con los que se dispuso a aplastar la cabeza de Mancharu. Pero el mono, quien se había dado cuenta que su enemigo era en realidad uno de los dioses de la tierra, creó una cortina de humo negro, la cual brotó de su boca, cegando temporalmente al padre Monte y a Tata Awatiri, quien aún se encontraba sobre su lomo. Cuando alzaron la vista, se dieron cuenta de que los monos se estaban alejando a toda prisa de Chhanka.
-¡No los dejaré escapar!- gruñó Mapinguari, yendo detrás de ellos.
-¡Espera!- gritó Tata Awatiri- fíjate bien, Mapinguari: El mono líder, llamado Mancharu tiene una persona atrapada en su mano derecha.
En efecto: De la misma forma que un niño lleva en sus manos una muñeca, Mancharu sostenía firmemente a una mujer joven, vestida con una túnica multicolor y adornos dorados, la cual daba fuertes gritos pidiendo auxilio.
-¡Es Chirapa!- dijo Tata Awatiri, horrorizado, tras haberla reconocido- ¡Esos monstruos la tienen prisionera!
Mapinguari estaba decidido a darles alcance, pero entonces Mancharu gritó:
-¡No intentes seguirnos! Sí te acercas adonde estamos nosotros, mataremos a esta niña.
Y luego de soltar una carcajada feroz, Mancharu y los otros monos se fueron alejando, perdiéndose en medio de las montañas que rodeaban al valle, sin que Mapinguari ni Tata Awatiri pudieran impedir su huida.
-¡Cobardes!- masculló Mapinguari- En una pelea justa ninguno de ellos habría sido capaz de ganarme, y es por eso que hicieron esa bajeza.
Una anciana intentó inútilmente ir tras los monos guerreros.
-¡Hija mía!- sollozaba- ¡Devuélvanla, malvados!
Aquella mujer era la reina de Chhanka, mientras que en otro lugar, su esposo, el cacique Quiché se encontraba gravemente herido luego de su intento infructuoso por intentar defender la ciudad del ataque de los monos guerreros, en el cual pereció la mayor parte de su ejército.
-Fui castigado por mi soberbia- dijo Quiché, luego de que Mapinguari le diera de beber un poco del mismo rocío que había reanimado al colibrí Q'achi.- Pensé que el poder de mi reino había crecido lo suficiente como para no tener miedo ni siquiera a los mismos dioses…y ahora que he perdido todo, me doy cuenta de mi error.
Se dirigió a Tata Awatiri, observando con expresión conmovida como se dedicaba a ayudar a los sobrevivientes de la ciudad.
-Te juzgue mal, joven. Perdona a este viejo estúpido.
- Eso no tiene importancia, ya.- Dijo Tata Awatiri- Lo importante es que vayamos y rescatemos a la princesa, señor.
-¿Cómo lo haremos?- dijo la reina, acongojada- Esos monstruos no tienen compasión. Lo más probable es que ya la hayan devorado.
-No diga eso, por favor- dijo el Pastor- Estoy seguro de que ellos no intentarán matarla, porque temen a Mapinguari, el Padre Monte. En realidad, les conviene mantenerla viva, porque si no, estoy seguro de que Mapinguari los castigaría de la pero forma posible.
El dios del bosque asintió a esta última afirmación, dejando maravillados a los sobrevivientes de la destrucción de la ciudad, quienes se preguntaban como es que un hombre y un dios podían tener tal relación de cercanía.
-Hijo mío-dijo la reina de Chhanka ¿Cómo los encontrarás? Nadie sabe en donde viven aquellos horribles monos. Las gentes dicen que van de un lado a otro, arrasando con todas las ciudades que encuentran a su paso. Ellos pueden aparecer en cualquier lugar en cualquier momento.
- No importa. No puedo permitir que tengan a la princesa como su cautiva. De alguna forma u otra, los encontraremos, liberaremos a la princesa y la traeremos de vuelta. Ticci-Viracocha, el Gran Creador, nos guiará.
Los sobrevivientes se miraron unos a otros con incredulidad.
-Dicen los brujos que Ticci-Viracocha ha abandonado los Cielos, dejando a este mundo a su suerte.
El pastor negó con la cabeza.
-Él es el Creador de este mundo, jamás lo abandonaría. ¿No es verdad, Mapinguari?
-Así, es hijo.- Dijo Mapinguari, aunque no se oyó muy convencido.
-Pues sí crees que puedes traer a mi hija de vuelta…Tienes mi bendición, así como la de todos los habitantes de Chhanka. Ve y que todos los dioses y espíritus te protejan, para que de esa forma tú y mi hija puedan volver a salvo a esta ciudad.
-Volveremos- dijo Tata Awatiri, firmemente convencido de sus palabras, montado en el lomo de Mapinguari, mientras que el pequeño colibrí Q'achi iba sobre su hombro.
Al amanecer, el joven pastor y el padre Monte iniciaron su viaje en busca de la princesa Chirapa.