
El Regreso de la paz
Y es así como terminó la historia del pastor Tata Awatiri y la princesa Chirapa:
Cuando llegó el momento en el cual Simpira estaba a punto de partir de vuelta al mundo de los muertos, llevándose las almas de Mancharu y de Turuncana consigo, se le acercaron los tunchis, quienes con voz tímida y débil, preguntaron:
-¿Podemos ir con usted, rey del mundo amarillo? Nosotros no somos más que espectros, condenados a vagar por la tierra eternamente sin hallar descanso. No tenemos ningún lugar adonde ir y a ningún líder al cual obedecer…
Simpira se volvió hace el Padre Monte.
-Mapinguari… ¿Qué te parece que debo hacer? ¿Debería llevarlos conmigo? Jamás he llevado diablos al mundo amarillo… Pensaba llevarme únicamente a Turuncana porque eso es lo que el señor Ticci-Viracocha me había ordenado…Pero no me dijo nada sobre estos tunchis…
-Yo pienso que deberías llevártelos a tu mundo. En el mundo de los humanos, los diablos hacen maldades cuando están aburridos. Supongo que en el mundo de los muertos tendrán muchas cosas que hacer con su tiempo- Repuso el Padre Monte, rascándose una oreja.
Simpira preguntó entonces a los tunchis:
-¿Entienden que si me acompañan tendrán que pasar por numerosos castigos y pruebas? No me olvidado de las numerosas desgracias que causaron sus maldades, mientras ustedes eran Gigantes Huillcas…
- Estamos de acuerdo en que merecemos castigo, gran señor…Pero mucho peor que los castigos es llevar la vida que llevamos nosotros, los fantasmas: Deambular de un lado a otro, sin sentido, sin tener un hogar al que volver…Mientras éramos Huillcas, podíamos seguir a Turuncana a cualquier lugar. Ahora no nos queda nada…
-Pues entonces…Que así sea. tunchis. Me los llevaré al mundo de los muertos. Quien sabe, a lo mejor, con el tiempo, también ustedes consigan limpiar de todo mal sus almas.
-¡Se oscurecerá el sol antes de que ocurra eso!- se burló uno de los monitos.
Simpira le dirigió una mirada fulminante.
-¿Qué tal si tú nos acompañas? ¡Estoy seguro de que sería algo muy divertido!
El mono se escondió detrás de uno de sus compañeros.
-¡Perdóneme gran señor! ¡No era mi intención ofenderlo!
En aquel mismo instante, Simpira, acompañado por su séquito y los tunchis, partió hacia el mundo de los muertos, llevando consigo las almas malévolas de Mancharu y Turuncana.
-¡Ya tendrás tiempo suficiente para disculparte cuando nos volvamos a encontrar, mono burlón!- alcanzó a decir Simpira en el mismo momento en que desapareció.
El monito no se reía ahora, sino que estaba paralizado de terror.
-Estoy perdido…Cuando muera, Simpira castigará mi alma…Será muy duro conmigo…
-Tal vez sí…Tal vez no- refunfuñó Mapinguari- Simpira es un dios impredecible…Nunca se sabe lo que pasa por su cabeza. En fin, supongo, supongo que tendré que llevarlos conmigo, hasta el momento en el que encuentre un nuevo hogar para ustedes.
-Si, por favor- dijeron los animales que habían sido expulsados del bosque mientras este estuvo hechizado, y que ahora habían recuperado su hogar. – Si ellos se quedaran aquí, no pasaría mucho tiempo antes de que el señor Simpira tuviese que volver por ellos. Estos monos nos han hecho mucho daño.
-No sólo a ustedes, sino también al resto del mundo- dijo Mapinguari- Pero si Ticci-Viracocha los ha perdonado, supongo que yo también seré capaz de hacerlo.
El búho que lideraba a los animales del bosque se acercó a Mapinguari y a Tata Awatiri, y les entregó cada uno una fruta, de apariencia extraña y que además parecía irradiar una especie de calor interno, como si tuviese vida propia.
- Es nuestro regalo, en agradecimiento por toda la ayuda que nos han brindado…Tal vez no es mucho en comparación con sus hazañas, pero es todo lo que podemos darles. Son los frutos del Wanamei, el árbol de la vida. Pertenecían a Mancharu, pero este los despreció cuando su corazón fue corrompido por la maldad y el odio. No deben comerlos, sino tenerlos consigo, puesto que son frutos mágicos, otorgadas por el Creador, las cuales les bendecirán, otorgándoles buena fortuna y prosperidad. Fue su bendición la que permitió que salvemos nuestra vida en el momento en el cual este bosque fue hechizado por los Huillcas, y fue también su magia la que salvó la vida de Tata Awatiri, evitando que muriera envenenado…
- Si es tan importante, no podemos aceptarlos…No queremos que este bosque quede desprotegido…-dijo Tata Awatiri.
-No se preocupen.- dijo el búho- Ahora nuestro bosque ha quedado bendecido por la aparición del gran Creador. Tenemos fe en que Él nos protege de cualquier mal. Es nuestro deseo que ustedes lleven este regalo.
Los animales insistieron tanto, que a Mapinguari y a Tata Awatiri no les quedó más que aceptar el regalo, el cual llevaron consigo en su viaje hacia Chhanka, en donde la princesa Chirapa se reencontró con sus padres.
Al verla a la distancia, la reina pensó que se trataba de una ilusión, causada por su tristeza. Pero luego comprobó, al tenerla ya cerca de sí, que aquello no se trataba de ninguna ilusión o espejismo, sino que Tata Awatiri y mapinguari habían cumplido su promesa de traer de vuelta a la princesa Chirapa.
-¡Hija!- gritó la reina, loca de contento, mientras corría a recibir a la princesa, quien a su vez corrió a darle un fuerte abrazo a su madre.
-Esto ha sido un milagro… Los dioses nos han ayudado, trayendo de vuelta a mi hija…- dijo el cacique Quiché, quien a pesar de encontrarse débil y enfermo, se levantó de su lecho y echó el rostro en tierra, dando alabanzas y agradecimientos a los dioses del Cielo y la tierra. Su conducta fue imitada por los demás habitantes de Chhanka.
-Ha sido el Gran Creador, Ticci-Viracocha, el que nos ha ayudado a traer vuelta a su hija, cacique- dijo Mapinguari. – Y también hay que dar gracias a Tata Awatiri, porque él jamás perdió la fe en que la encontraríamos.
-Bendito seas, joven…-dijo el viejo cacique- Tú y tus amigos se merecen el Cielo, por todo el bien que han hecho a esta ciudad.
Y mientras abrazaba a su hija, hizo el siguiente anuncio:
-Yo ya estoy muy viejo…Mi muerte ya está próxima, hija mía. Pero no te entristezcas, porque muero feliz, ahora que tú has vuelto a nuestra ciudad. Y además, junto a ti está este valiente joven, amigo de los animales y bendecido por los dioses, para cuidar de ti. Perdona si en algún tiempo me interpuse entre los dos.
-Ya no tiene importancia, padre…- dijo la princesa Chirapa, mientras unas brillantes lágrimas caían por sus mejillas-Todo está bien ahora.
-¡Sí tiene importancia hija mía! ¡Mucha importancia! Uno no puede descansar en paz, si es que primero no arregla todo el mal que ha hecho en su vida. Acércate, joven, y acérquense ciudadanos de Chhanka…Desde hoy, yo proclamo a Tata Awatiri como el nuevo soberano de estas tierras…El haber traído a mi hija sana y salva prueba que él es digno de gobernar Chhanka.
Tata Awatiri…Yo quiero además que tú seas el hombre con el cual mi hija pase el resto de su vida. Yo los bendigo a los dos, para que contraigan matrimonio y sean felices.
Al oír esto, la princesa se alegró muchísimo, porque amaba al joven pastor, y tenía miedo de que aún después de haberla salvado, su padre se opusiera a que Tata Awatiri y ella se casaran.
-No tienes nada que temer hija mía: Ya has dejado de ser una niña, sino que eres una mujer libre y capaz de tomar tus propias decisiones. Y tu madre y yo respetaremos esa decisión.
Y así fue como, unos días después, Tata Awatiri y la princesa Chirapa se casaron. Al matrimonio asistieron Mapinguari, los monitos (Quienes además, en compañía de Mapinguari, ayudaron a reconstruir la ciudad), el colibrí Q'achi y todos los ciudadanos de Chhanka. Y aunque no podía verlos, el joven pastor sabía que Ticci-Viracocha y sus padres también estaban allí, alegrándose por él.
En el momento en el cual Tata Awatiri y la princesa Chirapa se besaron, sellando su unión, todos los presentes aplaudieron y dieron vítores.
Siguieron a la boda días de festividad, los cuales estuvieron marcados por una gran alegría y sobretodo, el renacimiento de las esperanzas de los habitantes de la ciudad de piedra, los cuales tenían, además un nuevo soberano, el cual los guío a un nuevo tiempo marcado por la paz y la prosperidad.
Y aunque el viejo cacique y la reina murieron poco tiempo después a causa de su avanzada edad, fueron al otro mundo en paz, pudiendo ascender sus almas directamente hacia el Paraíso.
También Mapinguari tuvo que partir, puesto que debía encargarse de darles a los monos un nuevo hogar, en donde ellos pudiesen empezar una nueva vida. Luego de dar un fuerte abrazo a su protegido le pidió que no se entristeciera, puesto que la despedida no sería eterna, ya que cada cierto tiempo, el Padre Monte iría a visitarlo.
-Serás un gran rey, Tata Awatiri, estoy seguro de ello.- Fueron las últimas palabras de Mapinguari antes de dejar Chhanka. Y efectivamente, Tata Awatiri se convirtió en el rey más noble y justo que alguna vez hubiese existido entre los hombres. En compañía de la princesa Chirapa y el colibrí Q'achi el joven pastor convertido en cacique enseñó a los hombres las labores relacionadas con la agricultura y el cuidado de los animales, enseñándoles además a respetar la naturaleza, tal como Mapinguari y los dioses de la tierra le habían enseñado durante su niñez. Procuró además el joven pastor que a ninguno de sus súbditos le faltase lo necesario para vivir.
A través de Tata Awatiri, los habitantes de Chhanka aprendieron sobre la bondad de Ticci-Viracocha y los otros dioses, y sobre como debían mantener sus corazones puros y llenos de bondad para que así sus espíritus pudiesen ir al Paraíso.
Tata Awatiri fue todo lo que un rey debía ser, y también la princesa Chirapa fue todo lo que una reina debía ser: Juntos, ellos dos se convirtieron en un modelo a seguir para los otros habitantes de la tierra, pero no por ello se volvieron vanidosos, puesto que ambos siguieron siendo tan sencillos y humildes como lo habían sido durante su adolescencia.
Por fin, cuando a los dos les llegó el momento de dejar este mundo, los dos se tomaron de las manos, y esperaron tranquilamente a la muerte, amándose tanto como lo habían hecho durante su juventud.
Mapinguari estaba presente en el momento en el que esto ocurrió. No tardó mucho en aparecer Simpira, el rey del mundo amarillo, acompañado, como siempre, por su séquito de almas con apariencia de animales de la selva.
-¿Vas a llevarte sus almas, Simpira? No hay pecado en ellos…No merecen irse al mundo de los muertos…
-Tienes razón, Mapinguari. No hay pecado en ellos. Por eso es que no es a mí a quien le corresponde llevar sus almas al otro mundo sino a otro, mucho mayor que yo…Aquel que los conducirá al paraíso está cerca, y yo quise venir a despedirme, puesto que Tata Awatiri es amigo mío, a pesar de todo.
Una vez terminó de hablar, sopló un viento fuerte, y los Cielos se abrieron, dejando maravillados a todos los habitantes de Chhanka, quienes vieron con sus propios ojos como de este descendía un ser fabuloso, con cuerpo de serpiente, cabeza de llama, y alas de cóndor: Era el Amaru, el mensajero Celestial, quien llevaba sobre su lomo a Tatala, el sol.
-¡Es tiempo de partir, Tata Awatiri! El Palacio Celestial espera tu llegada.
El bondadoso pastor extendió la mano, y en ese mismo instante, su alma y la de la princesa Chirapa quedaron en libertad, ascendiendo al paraíso, acompañados por Tatala, el alma del colibrí Q'achi y los espíritus de los padres de Tata Awatiri, quienes volvieron a ser visibles para su hijo, puesto que ahora eran parte del mismo mundo.
Desde el Cielo, Tata Awatiri observó como Ticci-Viracocha, el Gran Creador, les bendecía desde la tierra.
-¡Sean muy felices!- les dijo- Ahora ustedes dos verdaderamente dueños de su propio destino. ¡Gocen, para siempre, con la bendición de su libertad!
Y fue en ese momento en el cual sucedió algo curioso: La fuerza del viento hizo que el manto multicolor que la princesa Chirapa llevaba sobre sus hombros saliese volando, convirtiéndose milagrosamente en un espectro multicolor, que los hombres conocen como arco iris.
Y desde entonces, quedó el arco iris en el Cielo, como un recuerdo de la bondad del pastor Tata Awatiri y la princesa Chirapa, así como del infinito amor de Ticci-Viracocha, quien aún permanece en la tierra, ayudando a sus habitantes, esperanzado en que el día en que todos los espíritus alcancen su libertad.
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